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espacio de VaneTravestimo, ¿Qué es un travesti?, Algunas dudas de un travesti resueltas; Mucha informacion para comprenderte como travesti y para las esposas de los travestis (bienvenida si eres esposa de travesti) Espero te sirva; Escribeme un comentario
October 23 Video!!!Tras siete años de matrimonio, Sheila descubrió que su marido Dennis tenía una doble vida como mujer. Ésta es sólo una de las tres sorprendentes historias que Odisea les presenta en este curioso documental que nos demostrará que en cuestiones de pareja no está todo dicho. En Gran Bretaña se estima que más de 250.000 hombres se evaden de las presiones del día a día vistiéndose con ropa de mujer, una situación que, a priori, puede parecer algo alejada de la normalidad. A través de las declaraciones en primera persona de las esposas o compañeros de los tres hombres protagonistas de este documental, analizaremos su situación, si son aceptados o no en su entorno más cercano o cómo es el día a día en pareja. Además conoceremos los pros y los contras de tener una pareja tan peculiar.
Género: Documentales / Sociedad
Titulo original: (Transvestites wives) Nacionalidad: R.U Año: 2008 Productora: Firefly Film And Television Productions Calificación moral: Todos los publicos Idioma: Español de españa
October 03 Otro articulo sobre travestismoTRAVESTISMO, CUANDO EL PLACER SE DISFRAZAAdriana Nolasco A pesar de ser un tema polémico, la sociedad mexicana muestra ya cierta apertura hacia aquellos individuos que experimentan satisfacción al vestir o usar prendas del sexo opuesto, sean hombres o mujeres. De cualquier forma, prevalecen algunos tabúes que bien vale aclarar. ¿Cuál es la primera imagen que nos llega a la mente al oír la palabra travestismo? Tal vez recordemos personajes “arrebatados” como Francis, Doña Márgara Francisca, Supermana o la Beba Galván, o bien, aquellos que aparecen en películas como La jaula de las locas y Tootsie, o la mexicana El lugar sin límites, de Arturo Ripstein. También es probable pensar en homosexualidad y en calificativos como “la vestida”. Sin embargo, la sociedad mexicana ha empezado a comprender, afortunadamente, que el travestismo no es una desviación o enfermedad mental y comienza a verlo como lo que es: una expresión más de la gran variedad de manifestaciones de la diversidad sexual. De acuerdo con el Dr. David Barrios, quien es sexólogo clínico, “el travestismo es un rol de género cruzado, lo que significa que una persona utiliza la vestimenta, accesorios, manerismo y otros elementos que le corresponden al género opuesto, ya sea masculino o femenino, independientemente de su preferencia sexual. Esto significa que no es necesario que quien se traviste desee ser mujer (en el caso de los hombres) o varón (en el caso de ellas), sino que en la mayoría de los casos está a gusto con su género”. Un ejemplo claro se presenta en la película Tacones lejanos, de Pedro Almodóvar: Miguel Bosé personifica a Juez Domínguez, un travesti que se encuentra tan a gusto con su género, que en una escena, aún con maquillaje, tiene un encuentro erótico con Rebeca, interpretada por Victoria Abril. Rompiendo tabúes Otro motivo común es que el placer de usar vestimentas femeninas se convierte en una suerte de ginecofilia (atracción o deseo sexual por las mujeres con rasgos físicos muy desarrollados), la cual se entendería como una forma de admiración y deificación de la figura femenina. 2. Preferencia. Hasta hace unos años el travestismo era algo completamente oculto, de modo que “ardía Troya” cuando pareja, familia o amistades se enteraban de que un hombre tenía esta preferencia. De inmediato se pensaba que era un trastorno psiquiátrico o sinónimo de homosexual, pero esto ha empezado a cambiar: ahora los hombres heterosexuales que acuden a terapia por practicar el travestismo, al descubrir que su caso es sólo una manifestación de la diversidad sexual (no una transgresión a la moral o a la religión), cambian su perspectiva y disfrutan más. 3. Manifestación cultural. El que una persona travesti adopte vestimenta, accesorios y hábitos del género opuesto depende de los roles que existen para ambos sexos en cada cultura. En efecto, los atavíos asignados a mujeres y hombres varían en ciertas sociedades o épocas. ¿Quién no recuerda las grandes pelucas, maquillaje y botines que utilizaban los hombres en Francia y otras regiones de Europa durante la dinastía de los luises (siglos XVII y XVIII), los cuales no causaban revuelo alguno? “En la historia de cada sociedad hay modos diferenciados para cada género; por ejemplo, en nuestra cultura el color, ornamentos, cosméticos y sofisticación se relacionan con la mujer, pero en otras tiene más que ver con el hombre. Muchas veces se concibe el travestismo como una transgresión a la normatividad, pero eso casi siempre es falso”, asevera Barrios. 4. Comunicación. En la actualidad existe más empatía (“ponerse en los zapatos del otro”), cooperación y condescendencia de la pareja de quien se traviste, al grado de que puede acompañarlo a hacer compras o prestarle ropa y accesorios. “Esto lo he podido constatar con las más de 500 historias de vida (psicológicas y sexológicas) que he analizado durante 25 años de práctica y que están relacionadas con el travestismo”, asegura el Dr. Barrios. 5. También las mujeres. A pesar de que la mayoría de los sexólogos no consideran que una mujer que se viste con ropa de hombre sea travesti (esto gracias a la revolución sexual de la década de 1960, cuando la mujer se entalló los pantalones como símbolo de rebeldía), esta tendencia existe, pues se estima que hay aproximadamente dos féminas travestis por cada diez hombres con dicha preferencia. Además de adoptar vestimenta masculina, ellas agregan elementos como cabello corto y eliminan aretes, collares o maquillaje de su arreglo personal, sin dar concesión a la feminidad. Por cierto, una de las primeras mujeres en adoptar públicamente esta imagen fue la actriz y cantante alemana Marlene Dietrich, quien causó una revuelta en la década de 1930 debido a que en películas como El ángel azul y Marruecos transgredió los principios de la época al vestir de frac. 6. Para todos los gustos. De acuerdo con el Dr. Barrios, las personas que practican el travestismo pueden ser de orientación heterosexual u homosexual, pero también se les llega a clasificar según la duración del proceso: quienes se visten ocasionalmente con ropa del género opuesto y quienes lo hacen las 24 horas del día. Otra clasificación se da entre quienes erotizan el proceso y quienes no, de modo que experimentan placer, pero sin implicaciones erótico-sexuales. Asimismo, aunque no es una condición que ocurra en todos los casos, “hay especialistas que sostienen que también existe el travestismo evolutivo gradual, donde en primer lugar hay un periodo de fetichismo (depositar el deseo en prendas del sexo contrario), luego viene uno de travestismo (se viste por completo y con amplio ajuar) y por último ocurre uno transgénero (cambio permanente)”, asevera el Dr. Barrios. Unión e información hacen la fuerza Finalmente, el sexólogo clínico recomienda la consulta de algunos libros para quienes deseen conocer más sobre el tema: Enciclopedia de prácticas sexuales, de Brenda Love (editorial Serrés); Historia de la sexualidad: desde Adán y Eva, de Malcolm Potts y Roger Short (Cambridge University Press); Costumbres sexuales, de Edgar Gregersen (editorial Folio); Transexualidad: la paradoja del cambio, de María Antonieta Ramos García y David Barrios (editorial Alfil) y En las alas del placer, del mismo Dr. Barrios (editorial Pax México).
July 24 familia felizok, esta es repetida pero creo q tiene algo q puede ayudar a alguna esposa q no entiende a su marido travesti
Mis hijos me llaman papa, me ponga falda o pantalón Es joven, atractiva y travesti; tiene su pareja, dos niños y su vida es ''chidísima y normal'' Para enfrentar a la ignorancia de la sociedad, hemos sentado las bases en el amor y la información, dice Jornada Mexico-. Anxélica, foto iabajo con su hijo, es joven y atractiva, dirige una empresa de publicidad, tiene dos hijos y lleva 10 años viviendo con su pareja. Comenta que su vida en familia es "chidísima y normal"; aunque sabe que no pertenece al estándar tradicional. Anxélica es su nombre de travesti, su papel en el núcleo familiar es el de jefe de familia; Shantal, su esposa, confiesa que sus hijos, de 13 y cuatro años de edad, no han crecido con traumas porque su padre se vista como mujer. "A mis hijos les he dado las armas para contestar a los ataques con información y no con agresiones. Mi niña me llama papá me ponga falda o pantalón", afirma Anxélica. Shantal conoció a Anxélica hace más de 10 años, y cuando se dirige a ella la llama por su nombre femenino; inclusive así fue como la conoció, vestida de mujer. Los cuatro integrantes de esta familia pasean, conviven, salen al cine, comen juntos, discuten, charlan, juegan. "Somos tan comunes como cualquiera" expresa Shantal. A Donovan, de 13 años, lo prepararon desde que era niño para que no se dejara llevar por el estigma social, para que aprendiera que su padre se llama Anxélica. "Yo siempre quise que tuviera mucha información, no fue un proceso de tensión. Teniendo la información de tu lado y sabiéndola manejar puedes dársela para que absorba todo", indica Shantal. Ambos padres comentan con orgullo que cuando su hijo iba en la primaria era el defensor de las minorías. "No pretendo vivir de niña, soy feliz alternando de un género a otro. Pero mi familia sí lo sabe y los amigos... Es un filtro, algunos se fueron", confiesa Anxélica. "No necesito más aceptación que el amor de mi esposa e hijos", agrega. Los jefes de este núcleo familiar aseguran que para enfrentar a la ignorancia han sentado sus bases en el amor y la información. "Que vean el mundo en toda su amplitud". Señalan que en una ocasión un grupo de niños quiso agredir a Donovan: "Un día le dijeron 'tu papá se viste de mujer', y él les contestó con sarcasmo: 'sí, pero se ve mejor que tu mamá'''. Shantal subraya que viven felices y plenos en familia: "los hijos no se trauman cuando aprendes como padre a transmitirles cosas adecuadas y no miedos". Mamá-papá Tras ser declarado recientemente como celebración nacional, el Día de la Familia no está dirigido a todos los núcleos familiares, informaron fuentes cercanas a la dirección del Consejo de la Comunicación (organismo que es el principal impulsor de ese festejo). Revelaron que por esa razón las familias alternativas, como la de Anxélica, no son consideradas dentro de la celebración. En México, la diversidad familiar es amplia. Cifras del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática establecen que 3.9 millones de familias tienen al frente a una mujer. Otros datos demuestran que homosexuales o lesbianas viven y crían a sus hijos. Rocío es madre soltera porque así lo quiso. Aduce que, aunque es difícil, no necesita de un hombre para sentirse parte de una familia, para transmitirle valores a su hijo ni para sacarlo adelante. Subraya que aunque se ha presentado el estigma social por no tener a su lado una pareja, esto no le pesa, sino que lo difícil es que no puede brindarle el tiempo que ella quisiera a su hijo Rodrigo. Afirma que el niño no se siente mal por no tener padre. "Le he dicho que no tiene papá porque se fue y no quiso estar con nosotros, pero no por eso se va a dejar humillar. No le falta nada, tiene todo el amor y la comprensión". Rodrigo dice que su madre es su "mamá-papá". Transexualidad y lesbianismo Paola tiene 23 años, terminó la carrera de comunicación y actualmente trabaja en una empresa mediática. Aunque no es hija biológica de Roshell refiere que siempre lo ha visto como su padre, porque él se hizo cargo de ella. Roshell es hermano de su madre. Roshell no niega su transexualidad, y tampoco el amor que siente por su hija. "La oportunidad de tener una hija ha sido maravillosa, es una de las experiencias que me ha marcado para salir adelante". Considera que Paola le tiene "mucha confianza", sobre todo porque conforme iba creciendo le fue dando la información al respecto de su diversidad sexual. "Mi experiencia ha sido muy diferente a lo que viven mis compañeros, pero eso no implica que no sea gratificante. Siempre ha sido mi papá, me da mucho orgullo decirlo", declara Paola. Manifiesta que la mayor enseñanza que le ha dejado su padre es "aprender a tener agallas para hacer las cosas y aceptar la vida como es". Roshell asegura que el hecho de ser diversa no implica que no pueda transmitir "valores adecuados para formar buenas personas", además de que la vida en familia es normal. Miriam Angel es madre de una chica lesbiana, pero refiere que eso no la hace diferente y que aunque no podría ser considerada como una familia tradicional, "seguimos siendo una familia". Comenta que los padres tienen que saber quiénes son sus hijos, conocerlos. Asegura que en muchas ocasiones los integrantes de una familia socialmente aceptada "no son buenas personas". Afirma que la sociedad no tiene la obligación de entender a su hija y a su núcleo familiar, pero tampoco tiene derecho a criticarlo. "Lo exterior entra en un segundo término". Destaca que los impulsores de la estandarización de la familia "están reprobados como modelito, porque vienen en familias destrozadas, no tienen derecho a expresarse sobre la familia feliz, cuando ellos dejaron a una familia". Miriam Angel señala que sus dos hijas (una de ellas es heterosexual) y sus parejas tienen su respeto y amor por igual. June 10 Mujer transexual, mujer transgénero en el siglo XXI. Una aproximaciónMujer transexual, mujer transgénero en el siglo XXI. Una aproximaciónFuente: Sin Género de Dudas Autor: Haizea Caballero
Ya a mediados del siglo XX con la paulatina aparición de los estudios relativos al género, coincidiendo con las diferentes corrientes del feminismo que plantean estudios diferentes entre las teorías de la sexuación del individuo y la construcción del género como un fenómeno sociocultural producido a posteriori de la constitución del sujeto como una psiquis subordinada por la norma hetero y androcentrista impuesta sobre el individuo. Observamos que el género se va convirtiendo en una disciplina merecedora de estudio y de una constante observación dada su característica cualidad de cambio según se van transformando las sociedades y evolucionando las corrientes del pensamiento y su puesta en práctica en la vida real, cambios lentos pero inevitables teniendo en cuenta los avances en materia de investigación por parte de colectivos, asociaciones, gobiernos y actores implicados en la renovación de los patrones normativizados de sociedad en la que vivimos. Si bien la individuación, es decir, la constitución primera del individuo es anterior a que éste exista, quiero con esto decir que ya está dado un espacio y una serie de connotaciones para este individuo antes de éste exista, puesto que sería como un hueco vacío que estuviera esperando para ser ocupado de antemano y la máquina del poder normativo tuviera para él unos dictados sociales (entre ellos los roles de género) impuestos en función de la identidad sexual para ese individuo. De esta manera la sociedad tiene establecidos desde hace siglos una identidad de género y unos patrones que constituyen los representaciones socioculturales que deberá de desarrollar el individuo atendiendo a su sexuación y a otros factores, pero siempre desde el prisma de la normatividad hetero y androcentrista, que continúa siendo el dominante en nuestra sociedad a día de hoy. Existen ya varios países europeos que desde hace años disponen en sus universidades de cátedras relativas al estudio del género y sus relaciones o interrelaciones con las disciplinas que estudian tanto el comportamiento social de ser humano como las diferentes disciplinas filosóficas que se encargan del estudio de la psiquis, también trabajan conjuntamente con la sexualidad, la antropología, la psicología, etc. No obstante las definiciones y delimitaciones que se dan y darán al género siempre tendrán un carácter relativo y no absoluto ni determinante por el carácter propio e inherente del género como un continuum. Tanto en la mujer transexual como la mujer transgénero se da el común denominador de una disonancia persistente entre sexo biológico o nacido y la identidad de género, pero no debemos olvidar que el género es un aprendizaje sociocultural, que según los estudios más recientes se lleva a cabo durante los primeros cinco años de vida del individuo. Suponiendo que ésta identidad de género disonante quede latente y no patente desde el momento en que es aprehendida, el rol de género que desarrollará el individuo desde el momento de su existencia estará subordinado al impuesto en función de su sexo biológico mientras no se revele su identidad de género sentida como propia, e aquí el dilema por el cual la mujer transexual y la transgénero se constituyen como mujeres psíquicas, como llegan a adquirir la identidad de género femenina, si se nos empieza a educar en los roles que corresponden a nuestra sexuación física o biológica ¿cómo conseguiremos desarrollar las mujeres transexuales o/y transgénero en este caso una identidad de género contrapuesta a la impuesta y normativizada a la correspondiente a nuestra genitalidad primigenia masculina?, (aquí debemos atender minuciosamente al desdoblamiento de la segunda autoconsciencia que Hegel nos expone en su “Fenomenología del espíritu” leer “Transmutación psíquica de la subjetivización de la mujer transexual”. En el concepto transgénero, atendiendo a las clasificaciones actuales, se engloban identidades clásicas de dos tipos, las conductuales o relativas a una conducta que obedece a una pauta temporal y las estructurales, en la primera clasificación podríamos incluir conductas generistas como el travestismo, los dragking, las dragqueen, las identidades ambiguas y cambiantes como la androginia e incluso las identidades Queer, que precisamente huyen de cualquier identificación identitaria y clasificación binómica hombre/mujer, masculino/femenino, las clasificaciones estructurales que son las segundas a las que me refiero comprenderían la transexualidad y la intersexualidad. Atendiendo a estos supuestos las mujeres transexuales somos mujeres transgénero, pero no necesariamente una mujer transgénero es una mujer transexual, puesto que el transgenerismo abarca más realidades de género transgredido que la sola transexualidad. Habitualmente las mujeres transexuales y las mujeres transgénero hablando en un lenguaje simplificado, buscan necesariamente la adecuación de sus características fenotípicas a su realidad psíquica o identidad de género mujer, aun siendo común en ellas dos el tratamiento hormonal en el caso de la mujer transexual es primordial la CRS (cirugía de reasignación sexual), generándose una diferencia en los objetivos finales de su transición de género/sexo con la mujer transgénero, ésta última no necesitará obligatoriamente una CRS, no resultándole vital para su reafirmación como mujer redefinir quirúrgicamente su genitalidad masculina, bien porque satisface sus necesidades sexuales con su/s pareja/s o bien porque el proceso hormonal le han provocado una disfunción sexual (desaparición de la líbido) lo cual le hace no plantearse como vital la CRS. También podemos encontrarnos con una transexualidad femenina tardía (aquí puede aparecer la orientación lésbica o no) donde si el individuo, en este caso la mujer transexual o transgénero, ha construido su vida sentimental no sentirá obligatoriamente la necesidad de la reasignación genital, o puede que si, ya que cada mujer transexual es una psiquis muy internalizada y con unas connotaciones personales importantes o darse el caso contarios de ser una mujer transexual lesbiana (según algunos estudios aproximadamente el 30%) que ame y desee ser amada por otra mujer como una mujer, en este caso la cirugía de reasignación puede ser objeto necesario en proceso transexualizador de esta mujer transexual. Tanto la mujer transexual como la mujer transgénero necesitan de una THR y de cirugías feminizadoras para adecuar su fenotipo o aspecto físico a la identidad de género mujer sentida y desarrollada, conservar la genitalidad masculina está siendo considerado como un derecho inherente bien por una orientación sexual y/o un tipo de placer sexual y forma de sentirlo que la satisface a ella y a su pareja. Para la mujer transexual el hecho de sentirse, considerarse, hacerse sentir y hacerse considerar como mujer pasa obligatoriamente por la necesidad vital de la cirugía de reasignación sexual. La transgresión de la subjetivización (subordinación y subjetivización, “Teoría de sujección” de J. Butler) impuesta y normativizada desde lo sociocultural es lo que hace que la mujer transexual y la transgénero crucen el umbral que las sitúa en una realidad psicosocial proyectada en el ámbito de lo público como mujeres. Es suficiente para poder identificarse como mujer transexual o transgénero simplemente el deseo y la practica de feminizar su cuerpo masculino nacido pero no sentido mediante terapia hormonal y/o CRS y de esta manera vivir psicosocialmente como mujeres para serlo sin diferencia alguna con las mujeres no transexuales. Como ya cité en “Mujeres transexuales, construcción y producción sociocultural” la mujer transexual Bárbara Graner en un seminario en el año 2007 dijo airadamente: “No entiendo porqué solo una cirugía genital permite que una mujer sea llamada mujer. ¿Sólo la vagina es atestado de que una es mujer?”….. “! Soy mujer, me siento mujer, entonces soy una mujer!”, palabras más que relevantes de una realidad que debe ser asumida por la sociedad en que vivimos, empezando por la educación en todos sus niveles y estamentos y acabando por los Gobiernos que crean las leyes que regulan la ética y el comportamiento de sus ciudadanos que gobiernan para que a través del conocimiento y no del miedo y la ignorancia tengamos cabida en la sociedad accediendo a todas las situaciones reales de bienestar que deben procurarnos los Estados. En realidad ateniéndonos al uso del lenguaje, con la complejidad que este tema conlleva (performatividad en Althusser, Derrida, etc.) el término transgénero es ambiguo y puede tener varias acepciones que corresponden fundamentalmente a factores sociogeograficos y temporales, por ejemplo, mientras que en Europa aglutinar el término transexualidad y transgénero femeninas en el término mujer transexual para hacer referencia a ambos es habitual en Latinoamérica es más común el uso de los términos transgénero o travesti para hacer referencia a la mujer transexual. Es a fin de cuentas el resultado de unos significantes y significados variables según el tiempo (época) y el espacio físico o geográfico. Sí la mujer transgénero delimita su identidad a la identidad femenina, es decir mujer, realmente la diferencia con la mujer transexual no es tanta, puesto que muchas mujeres transexuales que también han construido su identidad femenina y la han socializado no han podido por diversos motivos acceder a la CRS, por ello la diferencia entre mujeres transexuales y mujeres transgénero es mínima. La Asunción de la identidad de género en ambas mujeres normalmente difiere en el tiempo, siendo esta asunción más temprana en la mujer transexual que en la mujer transgénero. Otro capítulo diferente es el de los postulados de las, (y digo las y no la puesto que las interpretaciones que se han hecho de esta teoría son de lo más cambiante y acomodado para justificar situaciones relativas al género que nada tiene que ver con la realidad de las mujeres transexuales y transgénero), teorías Queer, donde se rehúye de cualquier clasificación o categorización relativa al género y al sexo, pero indudablemente el sexo biológico cobra un importante peso especifico desde la aparición del individuo, no pudiendo escapar a la categorización social hombre/mujer en función meramente relativa al sexo físico, aquí debemos de hacer una lectura del ensayo de Mar Cambrollé “La transexualidad no es Queer”, las teorías Queer a menudo confunden los términos mujer transexual y mujer transgénero, haciendo un lectura muy particular y libertaria de las teorías de J. Butler, donde sus trabajos de investigación son de un rigor y aceptación positiva en los dictados relativos a la construcción del género. Desde lo Queer nos hacen culpables de contribuir al mantenimiento del sistema binario hombre/mujer del androcentrismo, pero no están en lo cierto ya que muchas mujeres transexuales y transgénero elegimos la identidad de género mujer o femenina y adoptamos los roles sociales que ello conlleva, ahora bien, adoptar esos roles no quiere decir necesariamente cumplir de una manera obligada con los estereotipos que la sociedad androcentista y falocrática ha postulado para su concepción del “concepto mujer”, quiero decir que ser mujer transexual o mujer transgénero no es necesariamente ser ni heterosexual, ni sumisa, ni entregada al hombre por encima de su voluntad, y mucho menos pensada desde fuera de nosotras mismas, aquí coincidimos con algunos de los movimientos feministas y sus teorías, en la capacidad de elegir libremente, sin ataduras normativizadas, y de pensar por y para nosotras mismas como mujeres que somos entre mujeres. June 09 los invitopara l@s que busquen pareja les recomiendo esta pagina gratis jiji https://login.zoosk.com/signup.php?r=4e9720aabd291ded1b1b8785d657dbff&from=r-d May 30 .ES MI MUNDO Adiós a la damaCrossdresser antes de que existiera el término, y transgénero más tarde por voluntad de nombrarse, la señora Virginia Charles Prince murió este mes a los 96 años después de haber abonado un singular camino que desechó la corrección política –detestaba todo aquello que podía ser queer u homosexual– para hacerse mujer en un sentido tan cabal –y heterosexual, incluso– que encantó, como a serpientes, a médicos y psiquiatras amantes de las normativas. Por Mauro Cabral1 Arnold Charles Lowan era cirujano en California y, al parecer, se vestía de mujer en la que creía, ingenua su alma, la seguridad de su armario (tomen nota: cien años después aquí estamos, repitiendo su secreto). En 1912 tuvo un hijo, quien, al llegar a su adolescencia, adoptó para sí el nombre Muriel. La hija del cirujano fue a la universidad en Pomona allá por los años ’30, detalle irrelevante si no fuera porque compartió la habitación con quien más tarde sería Barbara Wilcox. Y no sólo eso (porque el nombre, ya se sabe, siempre es más que eso). En el año 1941, los medios norteamericanos informaron a la opinión pública que Barbara, la ex compañera de cuarto de Muriel y paciente del Dr. Harry Benjamin, se presentaba ante la Suprema Corte de California pidiendo ser reconocida como una mujer. Como tantas otras peticionantes en su tiempo, afirmó que su feminización había sido intersex, patológica y espontánea, pero luego admitió haber tomado hormonas. Felizmente casada, su cónyuge también cambió de sexo algún tiempo después, en 1944, permaneciendo junto a ella como su esposo. (Y ahí estamos luego, criaturas post-milenio, creyendo de verdad estar viviendo algo nuevo, creyendo haber inventado o siquiera inventariado algo nuevo.) 2 Para 1939, quien luego sería conocida como Virginia Prince había terminado su doctorado en Farmacología. En 1941 se casó, y algunos años después se divorció. Fue entonces cuando su propio travestismo salió a la luz, aunque su contacto con otras crossdressers había comenzado tiempo antes. Se casó después con otra mujer, una inglesa a la que no le molestaba el travestismo ocasional de su marido. Consultó a varios psiquiatras, pero se quedó con las palabras de uno de ellos, Karl Bowman, quien dijo que dejara de luchar contra el asunto, que no era tan terrible. Que había miles como ella, y que siempre las había habido. Que la ciencia médica no había sido capaz de hacer demasiado por ellas, por lo que la mejor cosa para hacer era relajarse. Y aceptarse a sí misma de una vez. 3 Se llamó entonces Virginia Prince, y fue una organizadora imparable. En el año 1960 fundó la revista Transvestia, dedicada a “las necesidades de aquellas personas heterosexuales que se han dado cuenta de su ‘otro lado’ y buscan expresarlo”. También fundó Chevalier, su propia editorial. Un año después fundaba la Fundación para la Plena Expresión de la Personalidad (FPE por sus siglas en inglés, o Phi Pi Epsilon, de acuerdo con el código de las frate-sororidades griegas). Casi dos décadas después, la Fundación se convertiría en la Sociedad del Segundo Yo (Tri-Sigma, conocida popularmente como “Tri-Ess”). Tanto la Fundación como la Sociedad tenían reglas muy estrictas de admisión (la plena expresión de la personalidad del segundo yo no sólo debía ser femenina sino también decorosa y respetable). También debía ser estrictamente heterosexual, en lo posible casada, puesto que ni en FPE ni en Tri-Ess se admitía la entrada de homosexuales. Y nada de transexuales. Y nada de cirugías. Ella no fue solamente, sin embargo, una gran organizadora comunitaria. Virginia Prince modificó, al menos dos veces, el orden semántico (que es, como se sabe, el orden del universo). En los años ’50 acuñó el término femmefilia para nombrar a quienes, como ella, habiendo nacido hombres se identificaban con un profundo amor por lo femenino (incluidas las mujeres). También disputó fieramente la originalidad del término travestismo –siendo el travestismo genuino el diagnóstico que le abrió a Christine Jorgensen el camino de su resonado cambio de sexo, en aquellos tiempos en los que la transexualidad aún no existía. En los años ’70 acuñó otro término, transgenderista, precursor de lo que hoy conocemos como transgénero. Transgenderistas eran quienes, habiendo sido asignados como varones al nacer, vivían full time como mujeres, pero sin aspirar a cirugía genital alguna. 4 Como tantas otras y tantos otros allá y acá, atravesó las décadas del ’50 y del ’60 bien vestida, pero metiéndose en problemas. En 1961 la condenaron a cinco años en suspenso, por haber enviado material obsceno por correo; un suspenso que podía transformarse en condena efectiva si la pescaban usando la ropa del sexo opuesto. Desde mediados de la década de 1950 hablaba sin cesar con médicos y psiquiatras, instruyéndolos en los delicados recovecos de la heterosexualidad femmefilica. No sólo conversó e instruyó a Harry Benjamin (autor de El Fenómeno Transexual y militante convencido de la causa, quien la reconociera como “una maestra, una mentora y una vocera de la sororidad travesti”); durante 29 años se entrevistó periódicamente con Robert Stoller, el psiquiatra de Stanford a quien debemos gran parte de nuestra jerga, nuestros supuestos y nuestras fantasías sobre el género, sus identidades y sus roles. Apareció en televisión, por primera vez, en el año 1968. Para ese entonces ya se llamaba legalmente Virginia Prince y vivía como mujer. Su cutis californiano había recibido la bendición de la electrólisis y de nuevas dosis de hormonas. Había abandonado la femmefilia por el transgenderismo, pero de transexualidad ni hablar. Ella sabía que para ser mujer no hacía falta operarse sino aprender a pararse, a vestirse, a caminar, a comportarse. 5 Si había algo que nunca le preocupó a Virginia Prince fue la corrección política. No sólo les tenía fobia a homosexuales, transexuales, sadomasoquistas y, en general, queer people. También creía en el matrimonio, en la integridad del cuerpo y del espíritu, y en la feminidad prolija y decente. Ella sabía lo que la propia mujer de Julio Chávez nunca supo: una transgenderista es una dama, no un conjunto de amaneramientos chillones que gritan cualquier cosa, menos soy una mujer. Publicó libros, artículos y entrevistas, diseminando por todas partes, con tono de autoridad pedagógica, el arte antiguo de hacer el género. 6 Las malas lenguas cuentan que, a pesar de la heterosexualidad estricta de la Virginia femmefílica, más de un flirteo con algún señor se coló en las entrevistas que mantuvo con Stoller. Y claro que flirteó. Qué remedio. Ella, como quienes la antecedieron, quienes la acompañaron y quienes vinimos después, se dedicó la vida entera a introducir a los profesionales del cuerpo y de la psiquis en los encantos del diagnóstico diferencial hecho a medida; lo que es decir, a encantar serpientes. 7 Murió el sábado 2 de mayo, y con ella no sólo murió parte de la historia que encarnamos. También murió algo de nuestra capacidad para la contradicción, esa diferencia punzante que la diversidad no tolera. Y algo, si no mucho, de nuestro sentido histórico de las palabras que nos nombran, esas que no caen de los árboles por designio natural o divino, esas que nos cuesta la vida articular y pasar de una lengua a otra. 8 Desde hacía varias décadas, la señora Prince cobraba una pensión mensual que su inquilino le pagaba a cambio de poder quedarse con la casita que alquilaba después de su muerte. Dicen que hizo el negocio de su vida. Murió a los 96 años. February 02 para leer todo el blog completodale clic al este enlace http://yotvht.spaces.live.com/blog/ para ver toda la informacion
y los articulos estan ordenados de el mas reciente hasta el primero si quieres entender mejor empieza por el articulo de el fin (del ultimo al primero) November 29 donarhttp://yotvht.4t.com Entra a mi otra pagina para donar y ver dos de mis nuevas fotos April 18 Opiniones de la esposa de un TravestiOpiniones de la esposa de un Travesti La Historia de Shannon Tomado de la edición de Junio del 95 de "The Sooner Belle" Official newsletter of COTA. Traducido por Milena Perez
Todas las parejas de hombres travestis tienen su propia historia acerca del descubrimiento del "otro lado" de su compañero y de como han debido convivir con él. Muchas mujeres han debido experimentar agobiantes sentimientos de lo inadecuada que resulta esta situación. Muchas otras han tenido que aprender a rechazar aquellas filosofías y principios básicos con que fueron educadas. Muchas otras estan temerosas por dar siquiera un paso transgrediendo aquellos preceptos y paradigmas adquiridos desde siempre. Creo que en mi caso todo esto resultó sencillo para mí. De acuerdo con el lenguaje de los estereotipos y la apariencia, mi esposo Ed es un individuo muy masculino. Sus hombros son bastante anchos, su pecho luce algo musculoso y tiene una barba poblada además de suficiente vello en casi todas las partes de su cuerpo. Es veterano de la guerra y trabajó como bombero durante varios años. Es bastante fuerte y asertivo y conduce su auto como un loco. Pero también tiene un buen sentido del humor, sabe escucharme atentamete e interesarse genuinamente en mis dificultades y cuando mira a una mujer, se fija primero en sus ojos y no en sus senos o en su trasero. Tiene afinidad por algunas manifestaciones artísticas como la música, la pintura y el teatro. Tiene una mente abierta y es compasivo y generoso y prefiere sostener una conversación sobre mis asuntos cotidianos que ver un partido de futbol. De tal forma que cuando lo conocí, supe de inmediato que no estaba ante un hombre típico. Aquellos indicios de cuan atípico se mostraba, llamaron siempre mi atención. Sus uñas largas eran la más obvia evidencia de que algo en él era definitivamente diferente. Pocos días después de conocernos, las pintó de rojo brillante, como parte de su disfrás de diva de los años 60 en una fiesta de Halloween. Alí estaba este hombre musculoso, con una voz casi chillona, sosteniendo elegantemente un cigarrillo entre los dedos de su mano, delicadamente inclinada hacia arriba. Sabía que esto molestaría profundamente a cualquier mujer, pero yo estaba definitivamente, oh, como debería decirlo, no tan incómoda. Su forma de caminar, llamó mi atención fácilmente. Se movía con gracia y confianza, tal como muchas mujeres deberían hacerlo. Cuando estaba realmente cómodo, subía su brazo y doblaba grácilmente su muñeca. De inmediato supe que todo esto lo hacía un hombre realmente diferente. En su baño, conservaba varios lápices de brillo labial. Asumí que los usaba. Sólo tuve una corazonada. Siempre me han iteresado la psicología y la sociología. He leído desde estudios Victorianos hasta estudios modernos, encontrando tópicos de travestismo aquí y allá. Pero estaba empezando a pensar: Necesito más información de todo esto. Un día, durante una conversación casual sobre una historia de su pasado reciente, desprevenidamente mencionó que "estaba en tacones esa vez." Aha ! Recurrí a los libros de Jean Barnes. Ellos tenían algunos libros sobre travestismo, y también al de Virginia Prince "Entendiendo el travestismo". Sin importar lo que la gente pueda pensar de este libro ahora, esta fue la única fuente de información positiva que tuve durante ese tiempo. Lo leí de principio a fin en una sóla tarde (Si, Mamá, estoy estudiando para ese exámen de botánica médica...). Esto sucedía poco antes de que él aceptara vestirse completamente para mí. Al principio sólo vi algo de lápiz labial, unos zarcillos y tal vez un vestido de satin. Muchos psicólogos podrían considerarme como un alcahueta, pues fuí yo quien le animó a esto. Elizabeth era divertida, pero más importante, Ed se sentía cómodo y desinhibido. Por qué debía yo molestarme con un acto que producía un sentimiento de libertad al hombre que amaba ? Empezamos a comprar algunas cosas para Elizabeth. Ninguno de nosotros mantenía prejuicios y sólo teníamos problemas en las tiendas. Ellos definitivamente no podían dejar la norma de hombres con ropa de hombres, en la sección de hombres y mujeres con ropa de mujeres en la sección de mujeres ,Sin mezclarse entre unos y otros.
Ahora, cada vez que me detengo a buscar alguna ropa, miro mis tallas y miro también las de Elizabeth. Si busco por catálogo, tengo dos chicas en mi mente. Esta navidad, además de los regalos para Ed, compré también una falda plateada para Liz. Me gusta que su travestismo sea sólo otra de las cosas que compartimos (especialmente cuando considero su cajita de joyas). Hace poco acepté acompañar a Liz a uno de los grupos de apoyo a travestis de Manchester. Sentí como si me dieran una palmada al ver tantos hombres navegando en sus tobillos, ajustando sus brassieres y tratando de evitar frotar sus ojos recién maquillados. Ellos tienen idea de cuanto trabajo se requiere para seguir las reglas de la femineidad y pueden comprenderse mejor con las mujeres. Siento una especie de camaradería con hombres travestis, que no podría sentir con hombres que no lo son. Mientras pienso en las exigencias que sobre su apariencia se hacen permanentemente a las mujeres, me doy cuenta que cuando se trata de ropa, nostras tenemos muchas más opciones. Si quiero vestirme con pantalones, nadie va a llamarme mari-macho. Incluso, si quiero usar una corbata, habrá quienes crean que es bonita. Sin embargo, si fuera Ed quien quiere vestir una confortable falda de denim en el supermercado, la gente se reiría y/o estaría horrorizada. El podría ser expulsado de la tienda, no sólo por que está escanadalizando a todos, sino también por que estaría violando las restricciones de nuestra sociedad en cuanto al vestido. Suena muy tonto, desde mi punto de vista. Creo que esta es la princial razón por la que no he encontrado dificultades para aceptarlo: Me parece tonto no hacerlo. A través de la historia, los hombres han vestido collares, tacones, pelucas o maquillaje, en una u otra circunstancia. Sin embargo esto no hace al travestismo aceptable en nuestros días. Eso es todo. Me he dado cuenta que las prótesis para simular los senos, el maquillaje, la peluca, los tacones, etc. constituyen una transformación superficial del género, mas que un simple contacto con las ropas femeninas. Pero esto parece ser una minucia también. Me siento frustrada con la cuadriculada cajita del género en la que según la insistencia de nuestra sociedad, yo habito. Muchos hombres también se sienten de esta forma, y algunos de ellos reaccionan cruzando estas fronteras. Yo nunca podré entender completamente las razones por las que Ed necesita cruzarlas, y tal vez el tampoco lo haga completamente, pero entiendo la necesidad de escapar de esa caja y todos sus absurdos estándares. Me he transvestido de cuando en cuando. Sin embargo no creo que esto contribuya a aumentar mi entendimiento, pues esto no me hace sentir ninguna diferencia. Basada en las historias de algunas mujeres, tengo las razones perfectas para sentirme amenazada por el travestismo de Ed. De niña fui casi como un chico y no soy la más femenina de los adultos (excepto cuando verdaderamente me esfuerzo). Positivamente desprecio el maquillaje, me incomoda tocar algo remotamente parecido a un brassiere y me siento féliz de poder salir sin usar uno. Llevo mi billetera de tres cuerpos en el bolsillo y si usted llamara a mi estuche de libros, un bolso, le mataría con la mirada. Fácilmente puedo asumir que no soy "suficientemente mujer " para él y que el quisiera que yo vistiera y actuara como lo hace Elizabeth. Pero eso es un poco tonto y egoista, principalmente por que Liz ha estado a su lado más tiempo que yo. Tengo que admitir que una de las razones que me ayudan a convivir con el travestismo de Ed es probablemente que no veo a Elizabeth tan frecuentemente. Cuando regreso a casa, primero veo a Ed. Algunas veces hecho de menos a Liz, pero esto es mejor que extrañar a Ed la mitad del tiempo. Algo que hace todo esto más difícil es que debido a las actitudes de la población en general, debemos mantener todo esto en secreto. A la mayoría no le importa aprender nada acerca del travestismo, ellos simplemente ofrecen una condena inmediata. El arraigado sexismo en el que se basa esta represión debería poner furiosa a cualquier mujer. Si, Yo se que hay otras razones por las cuales la sociedad desaprueba el travestismo, pero esta me parece la principal. "Oh Dios, el está tratando de actuar como una mujer ! ... Que molesto, ... Que HUMILLANTE. Por qué alguien querría imitar tan patéticamente a otra criatura ? " Grrrr... Una ventaja de ser la esposa de un travesti es que él no dirigirá esta clase de basura contra Usted. El no considera que asumir el rol femenino sea algo exigente, el no la considera a Usted inferior por ser una mujer. El es generalmente más sensible, y nunca le dirá: "Querida, vístete, maquíllate y ponte aquellos tacones de cinco pulgadas, vamos a salir en veinte minutos." El travestismo de Ed no es una carga con la que tengo que vivir. Por el contrario, adiciona a nuestra relación facetas positivas. El es la persona mejor ajustada que he conocido, probablemente por que las partes masculina y femenina de él no están en conflicto. Por que el puede estar en contacto con su parte suave y delicada y puede expresarla tanto cuando usa un vestidito de seda o sus pantalones camuflados. Yo lo amo y por eso hago todo esto posible para él y para mí. March 16 El travestismo no tiene porqué ser un problEl travestismo no tiene porqué ser un problema¡Puede ser una oportunidad!Raquel y Marcia Miller Yo utilizo sistemas de computación como una herramienta para resolver problemas de negocios. Por muchos años yo tuve la oportunidad de trabajar para un hombre quien creía en darme un trabajo y apartarse para darme la oportunidad de hacer mi trabajo. Decía que debía dejarle saber si encontraba algún problema que no podía resolver, y que entonces él me ayudaría a buscar la solución. Era muy confortable saber que Francisco estaba ahí si necesitaba ayuda. Invariablemente algo inesperado ocurría y le avisaba a Francisco que tenía un problema, él me decía que no era un problema sino una oportunidad para mejorar. Yo creía tener un problema, algo no funcionaba como debía y no sabía como arreglarlo, esto era de acuerdo a mis reglas ¡un problema! ; creía que era solo un juego de problemas el llamar a los problemas oportunidades. Él insistía en llamar a los problemas oportunidades de crear algo nuevo, algo mejor que antes. Conversábamos acerca de cómo mejorar las cosas y de alguna manera siempre arribaba a una conclusión que era mucho mejor que cualquiera que yo hubiese visualizado. Por muchos años yo atribuí estos resultados mejorados a su experiencia, habilidad e intuición. En lugar de acreditarse la solución, Francisco me preguntaba sobre que había aprendido en la experiencia. Eventualmente me di cuenta que era el proceso el que daba las mejores soluciones. Descubrí que considerar la situación como una oportunidad mas que un problema generaba automáticamente una nueva perspectiva mental. Siguiendo su consejo, hoy veo las cosas en forma distinta y pienso diferente sobre ellas, con el tiempo internalicé la sabiduría de visualizar las oportunidades. Esta historia se relaciona con el travestismo porque muchas parejas poseen profunda dudas y preguntas alrededor del tema y lo perciben como un serio problema a resolver o evitar. En su mayor parte, no perciben ninguna buena solución, solo ¡grandes problemas!. Quiero retarlos a pensar en forma diferente, enfocando esta situación como una oportunidad para mejorar. La evidencia experimentada que les he descrito muestra una aproximación diferente que puede producir resultados significativamente mejores. Quizás vale la pena considerar aplicar esta visión a algo que aparenta ser un problema en sus vidas. Esta aproximación ofrece soluciones potenciales y la única inversión requerida es tomar unos minutos para aprender mas acerca de la idea. Ustedes tienen mucho que ganar y poco que perder; así que, demos un vistazo... Tan pronto nace un niño, su acondicionamiento social empieza. Cuando nace una niña, un acondicionamiento similar le enseña un conjunto distinto de comportamientos. Él aprende deportes, como competir y ser autosuficiente. Ella aprende a cocinar, como cooperar y agradar a otros. A él le enseñan a ser fuerte ¡cuando te caigas no llores, los niños no lloran!. Ella aprende a ser suave, ¡Cuando alguien se cae, consuélalo, ayúdalo y hazle sentir bien!. Él es enseñado a reprimir sus emociones, los niños no deben mostrarle a nadie lo que sienten, ocultan sus verdaderos sentimientos. Las niñas deben ser emotivas porque es parte de su naturaleza. A él se le enseña lo que es el rol masculino, esa es la forma como los muchachos actúan; la única forma posible de actuar, para convertirse en hombres. De igual forma, a ella le enseñan lo que es el rol femenino. Es la forma como actúan las niñas, la única forma de actuación de las niñas y esa es la manera como aprenderán la posición correcta de las mujeres en el mundo. La única cosa incorrecta con este proceso de acondicionamiento es que la mayoría de nosotros no encajamos bien en nuestros roles prescritos. Muchos de nosotros deseamos algo distinto pero la sociedad no ha tomado previsiones a nuestra vista personal. Si la diferencia entre nuestro deseo y la manera prevista por la sociedad es menor, la persona puede adaptarse razonablemente bien, pero si es mayor, la persona puede experimentar una desadaptación emocional severa. Para el travestista, una desadaptación mayor es la condición normal. El típico travestista tiende a estar mas en contacto con sus sentimientos por lo cual la sociedad lo define como un llorón o nenita. Recuerden que los hombres no deben llorar o demostrar sus emociones. El travestista se siente más compasivo y gentil por lo cual lo definen como débil, se supone que los hombres son fuertes y rudos, no se supone que se preocupen por otros, solo deben obtener lo que desean. El travestista desea ser cooperador y competir menos, por lo cual la sociedad lo etiqueta como afeminado. Los hombres deben ser altamente competitivos. Como se cita incorrectamente a Vince Lombardi "Ganar no es lo más importante, es lo único que importa". Peor aun, el travestista es atraído por ropas y telas suaves, por lo cual lo etiquetan como homosexual. Un hombre verdadero sabe quien usa los pantalones y los usa bien. Si desea emplear un vestido, no puede ser realmente un hombre, debe ser gay. La mayoría de las veces la gente no es tan refinada en el empleo de los términos. Llorón, debilucho, afeminado, homosexual. No toma mucho tiempo para que incluso los mas cabeza dura de nosotros entendamos que lo que sentimos y lo que nos atrae es inaceptable. Sin embargo no podemos negar lo que sentimos. El conflicto resultante entre lo que sentimos y lo que espera la sociedad induce una tensión emocional extrema y considerable dolor. La pareja de un travestista rara vez se da cuenta de este tremendo dolor que está sufriendo su ser amado. Él esconde sus verdaderos sentimientos del resto el mundo que él está convencido nunca lo entenderá. Aquellos que lo aman no tienen idea de lo que está sucediendo, es una situación intolerable. ¿Se ha puesto usted alguna vez a considerar que hace que estos sentimientos y deseos sean tan malos? ¿Qué tiene de malo que un hombre exprese sus sentimientos? ¿O que sea compasivo y gentil? ¿ O que actúe en forma considerada y cooperativa en lugar de andar constantemente cooperando con todo su entorno? ¿O que use ropas suaves como reflejo de cómo se ve a sí mismo? Todo lo que estamos haciendo es reflejar algunos de los comportamientos que esperamos de nuestras esposas o amantes. Si es tan malo en los hombres, ¿qué lo convierte en bueno y deseable en las mujeres?, Si es bueno en las mujeres ¿por qué no lo es en los hombres?. La reflexión sobre estas preguntas puede producir interesantes puntos de vista. La verdad es que no existe nada intrínsecamente errado en esto, incluyendo el uso de vestidos. La sociedad lo ha hecho malo a través de reglas arbitrarias. Es la rígida aplicación de estas reglas arbitrarias la que actualmente causa la mayoría de los problemas emocionales que sufren los travestista. Una vez que nos liberemos de estos prejuicios, los problemas inducidos por la incomprensión social empezarán a desaparecer. La verdad es que un hombre puede mostrar sus sentimientos. Los hombres poseen sentimientos que han sido sistemáticamente suprimidos porque eso ha sido enseñado de esa forma como muestra de hombría. Pero el acto de suprimir sus emociones los convierte en duros y fríos en el exterior y vacíos por dentro. Esta acción es dañina para su desarrollo sano, se puede ser compasivo y gentil a la vez que se es fuerte. Recuerdo un personaje bíblico que era increíblemente suave en su trato con los demás y nunca nadie lo acusó de ser débil. Un hombre puede tomar lo mejor del mundo llamado femenino e incluir esto en su vida a la vez que permanece siendo un hombre. Puede mostrar sus sentimientos, ser compasivo y gentil sin ser débil, lo puede tener todo al igual que su pareja y los dos lo pueden disfrutar juntos. En lugar de verlo como un problema, el travestismo puede verse como una oportunidad de permitirle a los hombres que expresen sus yo verdaderos siendo más suaves, gentiles y compasivos. A medida que aprendemos a expresar nuestras necesidades y sentimientos, somos capaces de entender mejor a nuestras esposas y amantes en mejor forma. El proceso, a pesar de ser difícil, puede crear una relación superior que beneficie grandemente a ambos compañeros. Para que produzca resultados positivos, el proceso también requiere la acción conjunta de ambos socios, ninguno puede hacerlo por sí solo. Mi esposa Marcia y yo estamos trabajando juntos para tenerlo todo y ambos tenemos grandes trabajos. Ella tuvo que entender que el travestismo es parte integral de mi personalidad y requiere expresión. También debió entender que no hay nada intrínsecamente errado con estas tendencias a pesar que no son generalmente aceptadas por la sociedad. Si hubiera luchado contra mi tendencia y hubiera causado que se reprimiera, nuestra relación hubiera terminado en fracaso. Yo no puedo poner de lado mi travestismo, pues ello me hubiera significado dejar de lado la persona de la cual ella se enamoró, y a ella le gustó el paquete completo. La aceptación de la existencia continua del travestismo es esencial para la resolución completa de la relación. No hay otra opción aparte que no sea la auto represión la cual lleva irreparablemente a la infelicidad. Yo tuve que aceptarme a mí mismo como soy y no como quería la sociedad que yo fuera. Intenté negarlo, ocultarlo y controlarlo por 50 años y fracasé totalmente. Necesitaba ayuda de alguien quien entendiese el fenómeno mejor que yo; recibí los consejos que necesitaba de una extensiva correspondencia con otros travestistas. Otra gente que había recibido consejos expertos de terapeutas. Es un proceso complejo y difícil pero igualmente esencial para una solución exitosa. La revelación de mi travestismo, le causó gran ansiedad a Marcia. Fue un enorme cambio con consecuencias inciertas. Habiendo experimentado gran trauma personal no me daba el derecho de empezar a dictar como manejar el tema, pero descubrí que haciendo ciertos compromisos básicos, fui capaz de descargar mucha de la tensión que experimentaba Marcia mientras que era capaz de avanzar en la resolución del problema por mi mismo. Me comprometí a ser su marido, no su amiga. Ella estuvo dispuesta a experimentar con el travestismo pero ya tenía suficientes amigas y un solo marido. Ella no estaba dispuesta a cambiar a su esposo por una amiga. Hacemos muchas cosas juntos cuando estoy vestido como Raquel, pero en el gran esquema de las cosas, Ricardo permanece siendo su esposo, sin importar como esté vestido. Me comprometí a no poner en peligro nuestro estilo actual de vida a objeto de satisfacer mis deseos, de manera que conversamos y acordamos un esquema de tiempo y aproximación antes de tomar ningún paso asociado con mi necesidad. Hemos pasado años construyendo trabajos, relaciones, amistades y un estilo de vida por lo cual sería una tontería de mi parte poner todo eso en peligro para satisfacer una fantasía. Seguimos los mejores consejos que había recibido de mis corresponsales, tomar muchos pequeños pasos reversibles. A veces parece que nos movemos muy lentamente, pero cuando vemos hacia atrás nos damos cuenta de cuan lejos hemos llegado. Me comprometí a balancear mis deseos y necesidades con los de Marcia. Balance es la más poderosa palabra que se debe tener en cuenta en todo momento. No existe un mapa que nos indique el camino adecuado, cada opción necesita ser hecha en el contexto de su relación actual y bajo las condiciones actuales. Requiere la discusión abierta para arribar a la mejor solución para ambas partes. Esto solo puede ocurrir si cada miembro de la pareja está en la disposición de balancear sus necesidades y deseos con los de su pareja. Si el hombre rechaza hacer algunos compromisos para balancear las necesidades de su esposa, a ella solo le quedará preguntarse acerca de su interés en la relación. Si el travestista está logrando sus deseos a expensas de su pareja, el proceso fracasará. Cada pareja involucrada en el tema del travestismo, está embarcada en una jornada infinita y de gran reto. A través de su membresía en S.P.I.C.E. ustedes han demostrado el interés en solucionar el problema. Este deseo es el requerimiento básico para alcanzar el éxito. Otros ingredientes claves para alcanzar una relación mutua amorosa y comprometida. Ambos miembros deben desear que la relación funcione, el proceso requiere muchas decisiones difíciles que requieren consideraciones sobre la felicidad de la otra persona. Si el compromiso mutuo falta, es poco probable que se tomen las decisiones adecuadas. Cada miembro de la pareja defenderá sus intereses y el proceso se descompondrá en una serie de relaciones competitivas similares a las negociaciones entre una empresa y sus trabajadores. Esto no construirá la deseada relación íntima. Si ambos aplican la Regla de Oro a cada paso y consideran como les gustaría ser tratados si estuvieran en el otro lado de la mesa de negociaciones, la probabilidad de una solución positiva se incrementa. Quizás la más difícil parte del proceso es la necesidad de comunicarse continuamente, comunicarse y comunicarse... Hay muchos tópicos que requieren un diálogo extenso porque están en oposición con mucho de lo que hemos aprendido en nuestras vidas. Desaprender viejos patrones y remplazarlos con nuevos paradigmas no es posible con una aproximación simple. Requiere mucha conversación y aun más escuchar para resolver los problemas. Marcia y yo tuvimos la ventaja de haber empezado como buenos amigos quienes hablaban mucho sobre diversos temas, el hábito lo hizo más fácil pero no sencillo. Requiere tiempo y trabajo pero los resultados son magníficos. Marcia y yo no hemos hecho nada que ustedes no puedan hacer, toda pareja lo puede lograr. Si buscan una relación plena para usted y su pareja, si buscan la felicidad juntos, entonces no tiene un problema sino una increíble oportunidad de construir una relación íntima que la mayoría de la gente solo puede soñar. La oportunidad de crear esta relación está en sus manos. ¡Aprovechen el día, aprovechen la oportunidad!.
El matrimonio y el travestismoMatrimonio y el TransvestismoComo puede funcionarDesde nuestro primer encuentro, Marcia y yo compartimos nuestros pensamientos y sentimientos, fue una gran preparación. A pesar que trabajábamos en la misma compañía, no nos conocíamos; viajábamos en el mismo tren pero esperábamos en distintos sitios del andén. Una noche que estaba conversando de negocios con un colega, continuamos la conversación en el tren, él normalmente viajaba con Marcia y nos presentó; yo la saludé y continué conversando con mi compañero. Cuando él se bajó, la señorita "buena educación" me indicó que hablase con ella, ¡nos conectamos en forma inmediata!. La siguiente noche, sin una excusa, continué conversando con Marcia. Estos encuentros "inocentes" continuaron por meses hasta aquel día "fatídico" en el cual la invité a cenar. Entonces yo ya estaba totalmente golpeado y le presenté poemas, notas y regalos hasta que ella me dejó atraparla. Siguió el matrimonio y la felicidad llenó mi vida. Ella era tan maravillosa que yo estaba convencido que el demonio de mi transvestismo había sido vencido. Me encontré sorprendido cuando, en lugar de disminuir, la necesidad permaneció fuerte. La amaba tanto y nuestra relación era tan fuerte que una noche balbuceando le dije de mis sentimientos al respecto. Ella luchó contra la idea pero estuvo de acuerdo en dejarme experimentar con transvestismo. Después de varios eventos en casa, nos fuimos un fin de semana, ella me ayudó con el maquillaje y yo llevaba un bello conjunto, cuando salimos a pasear por calles oscuras; unos adolescentes me descubrieron y se rieron a carcajada. Fui incapaz de asimilar el ridículo y le dije a Marcia que nunca más lo haría. Pero, la urgente necesidad retornó. Tenía todo: maravillosa esposa, gran familia, buen trabajo, encantadora casa, todo excepto paz interior. En desesperación absoluta decidí entender mi transvestismo y empecé la angustiosa jornada que me llevó a la autocomprensión y finalmente a la autoaceptación. Mis temores vinieron de no conocerme. Tenía preguntas mayores sobre el sexo. ¿ Era gay, transexual o bisexual? No entendí mis emociones o sentimientos tampoco. ¿Quién era la persona escondida detrás de la fachada que había construido a lo largo de los años?. Afortunadamente encontré recursos que me ayudaron: Tapestry, los libros de Virginia Wolf y corresponsales transvestistas. Me ayudaron a ver dentro de mi cabeza y corazón y descubrirme, libre de prejuicios y estereotipos. Descubrí que no había nada malo en mi. La sociedad me había hecho sentir mal diciéndome que había algo malo en mí, pero estaban equivocados. Una vez me liberé de estos prejuicios, encontré una persona que me gustó... Yo. No tenía que ocultar mis sentimientos, podía ser compasivo y gentil, a la vez permaneciendo fuerte. Podía tomar lo mejor de lo que el mundo llama femenino e incluirlo en mi vida permaneciendo a la vez como hombre. Podía tenerlo todo lo que deseaba ahora. Se lo dije finalmente a Marcia, fue un gran descanso, a medida que hablamos ella me pidió que registrase lo que había conseguido. Esas ideas parecieron poder asistir a otros a conseguir lo mismo que yo busqué, por lo que ella me incitó a escribir The Bliss of Becoming One Aprendimos la verdad sobre los mayores temas. Que la tendencia de un hombre al transvestismo es parte integral de su ser, personalidad y necesidad de expresión. No existe nada intrínsecamente malo con estas tendencias, a pesar que la sociedad generalmente no las acepta. Quizás lo más importante, que el debe aprender a entender y aceptarse a sí mismo como es. La revelación del transvestismo genera gran ansiedad en la esposa, es un inmenso cambio con consecuencias inciertas; sin embargo, haciendo ciertos compromisos básicos, el marido puede reducir considerablemente la tensión. Los compromisos importantes incluyen:
Es una jornada difícil, sin fin. Es sabio tomar pasos pequeños, retornables. Sobre todo hay que comunicarse, comunicarse y comunicarse... February 23 una noticia recienteUn hobbit que ama a las mujeres tanto como ser travestiEl actor Dominic Monaghan afirma que le gusta mucho trasvestirse y que probablemente debería ser gay. Sin embargo advierte: «las mujeres me gustan demasiado».Dominic Monaghan, el hobbit de El Señor de los Anillos y rockero drogón de la serie televisiva Lost, confesó que le gusta vestirse de mujer. Según la revista Bang, Monaghan afirma: «Uso maquillaje y pinto mis uñas. Llevo altos tacones. Esto es verdad. Me gusta llevar faldas (…) probablemente debería ser gay pero me gustan demasiado mujeres » El actor –que estaba comprometido con Evangeline Lilly, su compañera de elenco en Lost- afirma también no ostentar un «orgullo masculino». February 01 De la Esposa de un Travesti hacia otra esposa, amiga, familiar o pariente.¿Cuántas veces has renegado de usar
maquillaje, tacones altos, sandalias, cabello largo, medias, faldas, vestido, esmalte, aritos, etc.…y cuantas veces igual que a muchas otras mujeres, te permites alternar entre eso y modas unisex? ¿Sabes? somos afortunadas porque podemos escoger Fíjate: la mayor parte del tiempo (menos para las galas) podemos elegir entre prendas femeninas y modas unisex: pantalones, chinelas, mocasines, tenis, poco o ningún maquillaje, cabello corto,… sin necesidad de fingir masculinidad. Nos basta con ser lo que somos: MUJERES Usar modas unisex lo vemos tan cotidiano desde que somos niñas y están tan integradas en la cultura occidental, que ya nadie entra en shock, ni nadie nos puede prohibir ni reclamar por usarlas DIARIAMENTE, ni se nos tildará de marimachas porque ¡estamos a la moda! Estas modas unisex partieron de las modas varoniles, pero se modificaron para nosotras desde a mediados del siglo XX. Gracias a los movimientos feministas también podemos adoptar actitudes activas como hacen las ejecutivas de negocios: nos emancipamos. Esta fotografía apareció en la Revista VANIDADES CONTINENTAL, Número 40, año 25, de fecha Diciembre 9 del año 2000. El letrero es más o menos franco al decir “Cómo si lo hubieras tomado prestado del guardarropa masculino…” Obviamente, igual que la mayoría de la ropa “unisex”, resulta ser una adaptación del vestuario masculino. No podemos negarlo: ¡Nos apoderamos de la ropa de ellos y la adaptamos a nosotras! ¿Te imaginas que un buen día se nos prohibiera a las mujeres los pantalones, jeans, buzos, tenis, mocasines, chinelas, calcetines, camisetas, trajes, ni para combinar con prendas “nuestras”, ni para los días fríos, ni como pijama, ni para hacer gimnasia, ni para estar en nuestra casa? ¿Te imaginas que las mujeres SOLO pudiéramos usar vestidos, faldas, tacones altos, sandalias, aunque nos congelemos en días fríos? ¿Y que por atreverte a mostrar tu lado fuerte en los negocios o cortar tu cabello te llamen “machancona”? ¿Y te imaginas que andar sin maquillaje en tu propia casa sea motivo suficiente para que te tildaran de “marimacho”, aunque tu preferencia sexual fuera 100% por los varones? Ahora, imagina que a los varones, igual que hoy, se les permitiría usar lo que a ti se te prohibiera usar: pantalones, mocasines, jeans, tenis, trajes, cero maquillaje, cabello corto,… ¿imaginas que también se les permitiera usar faldas, vestidos, tacones altos, medias, maquillaje, etc., todo adaptado para ellos, cuando quisieran y combinarlos como quisieran, además de poder ser delicados cuando quisieran, y que para todo eso no tuvieran que fingir feminidad, pues sólo les bastara ser ellos mismos: VARONES? ¿Te imaginas que esa ropa y artículos “unisex” les fuera tan cotidiana desde niños y que estuviera tan integrado su uso en la cultura occidental, que ya nadie entraría en shock, ni les prohibiera ni reclamaría por usarla DIARIAMENTE, ni los tildará de maricas porque ¡están a la moda!? ¿Acaso no sentirías envidia de los varones y su facilidad para alternar y/o combinar modas unisex (unisex para ellos, no para nosotras)? No les envidiarías su facilidad para alternar entre actitud delicada y fuerte? ¿No los considerarías unos privilegiados? SI ASÍ FUERAN LAS COSAS: ¿Acaso no te entrarían ganas de usar un par de jeans o unos mocasines o tenis, siquiera para los días fríos? ¿No te gustaría ser un poco agresiva para “darte tu lugar” de respeto en tu trabajo? TEN POR SEGURO QUE SÍ. SOLO QUE… Si osaras hacerlo en público, tendrías que “disfrazarte” de hombre, pasar por hombre. Tendrías que transvestirte. Y no por eso serías “lesbiana” ni “marimacho” (sólo te gustan los hombres ¿recuerdas?). La realidad es exactamente opuesta: que un varón se atreva usar prendas femeninas es motivo discriminatorio, aunque combine con prendas varoniles, en forma ocasional. No se les permite expresar su lado delicado, ej. llorar en el trabajo para desestressarse; en muchos sitios no pueden decir que algo es “lindo” o “bello”, por no quedar como maricas: debe decir que es algo es “padrísimo”, “excelente”; tampoco se dan el lujo de sentirse sensuales... Si te fijas, entre los seres vivientes, sólo la especie humana es la que ha puesto tantos obstáculos y diferencias sociales entre los sexos. Ninguna otra especia hace tanta diferencia entre “masculino” y “femenino” fuera de la morfología propia. Las modas “unisex” nunca lo son partiendo de
las prendas femeninas, es decir, no son unisex para los varones, simple y llanamente, es su propia ropa; no hay vestidos, faldas, tacones altos o maquillaje para varones ni siquiera para moda informal dominguera, mucho menos para trabajar. Muchos varones secretamente desearían usar con libertad una falda, un par de zapatos de tacón alto, maquillaje, etc. Para no ser criticados tienen que “disfrazarse”, “pasar” por mujeres. Son transvestistas y no necesariamente homosexuales. Aprecian lo dulce, los detalles, y expresar su lado delicado. Ellos saben que para otros usar ropas del sexo opuesto es “incorrecto”, pero ellos no logran sentir ni entender “porqué tiene que ser incorrecto”… A muchos de los transvestistas, siendo muy niños, cuando no distinguían entre “ lo de niño” y “lo de niña”, se les avergonzó o castigó, por usar prendas femeninas inocente y/o involuntariamente, y no quedaron conformes. Por eso nunca asimilaron el porqué era inapropiado para ellos: se les orilló a un Fracaso en la Socialización del Género. Vivieron rodeados de mujeres que usan esas prendas tabú y con
figuras maternas tan dominantes, que después ese dominio lo sienten del resto de las mujeres. La única forma de probarse a así mismos que –por usar esa ropa -las mujeres no somos privilegiadas, ni que esa ropa prohibitiva sea “mágica”-, es precisamente, usándola ocasionalmente y adaptando manerismos femeninos. Luego de varias horas así, satisfechos vuelven a ser los varones de siempre. Al fracasar en resolver el conflicto de su infancia, se transvistenocasionalmente, con lo que “se sitúan” inconscientemente en
el momento previo a aquel incidente: buscan la tranquilidad que se les quitó. Muchos desearán hacerlo en público, pero para ello deben lograr “pasar” por mujeres, de incógnito protegiendo su identidad, en lugares seguros y concurridos. El temor inconsciente al “castigo”, lo aprenden a combatir
manejándolo como fetiche sexual. Si sienten aceptación plena de nosotras, ese temor disminuye considerablemente. Según estadísticas de Kinsey, sólo 1 de cada 100 varones es transvestista, en su mayoría heterosexuales. Los heterosexuales no lo hacen en forma escandalosa. Cuidan su secreto. No desean vivir transvestidos ni cambiar sexo, porque disfrutan ser varones. Nos adoran, nos idealizan, nos admiran, nos aman. No se burlan ni compiten con nosotras, ni se prostituyen vestidos así. Sólo el 10% de los varones es homosexual. En su mayoría son
tan varoniles que no se notan, ni se transvisten; es más: muchos ven de menos a los que lo hacen. Los pocos homosexuales que se transvisten son en realidad transexuales: se sienten verdaderas mujeres encerradas en cuerpo de hombre (Disforia de Género); desean cambiar sexo y así buscan pareja varón; algunos se prostituyen. También hay transexuales heterosexuales: sólo prefieren sexualmente a las mujeres. Si tienes un pariente/novio/esposo transvestista, no lo rechaces.
Te diré por experiencia, que es el hombre más comprensivo, detallista, amoroso y caballeroso que conocerás. Mi marido, transvestista heterosexual me dio los mejores 15 años de mi vida hasta que murió en accidente de aviación. Esta presentación la hago por amor a él, por otros como él y por sus seres queridos. Con mi esposo, al principio, desconocíamos muchas cosas; gastamos tiempo y fortunas en algunos psiquiatras que sólo nos hicieron sufrir a ambos cuando intentaron “curarlo” (no hay cura real). Otros no se atrevían a tratar de “curarlo” y másbien se enfocaban a reglas de convivencia. Con ellos aprendimos que el problema era que yo no quería entender que él tenía una necesidad emocional, y por otra parte, él no aceptaba su situación, por más que se reprimía; luchó mucho consigo mismo, lo cual me consta, pero era infeliz así. Entendí que yo lo amaba por tantos otros aspectos bellos de su vida y que ese era sólo un aspecto de él. Y él, se aceptó. Si estás en esa misma situación, busca información seria. Ni tu
ni él tienen la culpa de que él sea así. Él te ama y tiene miedode perderte. Habla con él, muéstrale antes esta presentación y abran su mente. Es normal estar estresados al principio. Si desean ayuda profesional, orientación, consejería, busquen un terapeuta de enfoque humanista. Juntos lograrán atender la situación y a sacarle partido. Establecerán pactos de respeto a los derechos de cada uno y del uso del tiempo compartido. Mejorarán increíblemente su comunicación y la intimidad. Aprenderán a valorarse en muchas formas. Serán felices como nosotros logramos serlo por 15 años. Busca grupos de apoyo. CUANDO HAY AMOR DECUANDOHAYAMORDE VERDAD…¡NADA SEVERDAD…¡NADASE INTERPONE A LAINTERPONEALA FELICIDAD!FELICIDAD! ¡Sean Felices! October 27 CARTA DE UN TRAVESTI A SU ESPOSAMi adorada: Al momento de escribir esta carta, me encuentro a miles de millas de distancia de ti y mucho me duele esta separación. Tengo presente, y esto me hace quererte más aún, el saber que tu te encuentras atrapada en un laberinto de confusión mental, aunque a mí no me manifiestes más que tranquilidad y bienestar cuando estoy contigo. Quisiera aprovechar estas horas de calma para esbozar para ti ciertas informaciones acerca de mis fuertes impulsos transgenéricos, de los que tu estás enterada. Confío en que puedan aliviar parte de tu confusión y ansiedad. Aprecio tus esfuerzos por informarte mejor acerca de la naturaleza de mi aberración * (a falta de una palabra más adecuada) leyendo cuanto texto especializadopuedes conseguir. Permíteme asegurarte, adorada mía, que yo ya he pasado por todo * A finales de los ‘70, la Organización Mundial de la Salud (WHO, por sus siglas en inglés) modificó sus clasificaciones en virtud de los nuevos y contundentes descubrimientos acerca del travestismo. El término taxonómico adecuado para clasificar esta práctica es el de “Filia” (que significa “preferencia”, “gusto por...” (N.del Ed.). eso, igual que cualquier otro travesti que haya conocido, con mucho mayor avidez y con mayor profundidad de asimilación de la que creo puedas llegar a tener tu con respecto a esta cuestión, simplemente por el hecho de que tu no eres uno de nosotros. Déjame que intente, en mi calidad de persona involucrada, tratar de allanar el camino de tu búsqueda por medio de estas breves, escuetas explicaciones. Nadie, hasta ahora, ha conseguido explicar satisfactoriamente las causas de esta conducta; así, a falta de una mejor, te expongo la mía: En primer lugar, a estas alturas tu ya sabes que el travestismo constituye un fin en sí mismo y que nada tiene que ver con lo que tu conoces como homosexualidad. Una década de dedicadas relaciones conyugales, de múltiple paternidad, de integridad, de amor por tí, estoy seguro de que son pruebas suficientes para tí y que tu lo entiendes mejor que nadie. Confío plenamente en tu inteligencia. Abre tu corazón y pregúntate si el hombre que es el padre de nuestros hijos, tu esposo y tu amante debe o puede ser marcado con tan cruel calificativo. Esta ausencia de vinculación con conductas invertidas, ya sea declaradas o latentes, ha sido expuesta por opiniones tan autorizadas como son todos los investigadores clásicos como Freud, Krafft-Ebbing, Jung, etc. y puedes comprobarlo por tu propio conocimiento de mí. Estos estudiosos también han demostrado a su satisfacción que la represión o rechazo de este impulso sólo redunda en otros tipos de personalidad de naturaleza indeseable debido precisamente a haber coartado la necesidad de su expresión. También han comprobado que esta condición no responde a ningún método o tratamiento, ni físico ni psicológico; todos los intentos realizados en ese sentido sólo han contribuido a hacer más ingente la necesidad. Tu misma has sido testigo, en estos diez años, de los resultados de mis esfuerzos por abandonar mis inclinaciones, cuya inhibición me causó úlceras, hipertensión, etc., consecuencias que, con seguridad, deben haberte impresionado al grado de moverte a estimular y ayudarme a manifestar mi travestismo. Estoy seguro de que te diste cuenta, en base a tus observaciones personales, que el método más eficaz para lograr la tranquilidad es el permitir su expresión. Y tienes razón. A partir del momento en que me diste tu aprobación y tu maravillosa asistencia, mi amor por tí y mi disfrute en nuestro matrimonio se incrementaron de una manera indescriptible. Mi vida actual está libre de falsedades y aprehensiones y he dejado atrás las profundas angustias que son el resultado de tan aguda frustración. Nosotros los travestis sabemos que la mayor parte la gente, por desconocimiento, considera que las conductas transgenéricas son una confesión explícita de homosexualidad activa o latente, o, cuando menos, una declaración de mariconería o de virilidad dudosa. Conociéndome como me conoces, querida mía, sabes que no es así. Los atributos masculinos personales que desde un principio te atrajeron a mí, tu bien lo sabes, constituyen una parte integral de mi personalidad, de la misma manera que mi travestismo. Eso ha sido desde siempre un constituyente de mí y, como tal, fue un factor definitivo que contribuyó a hacer de mí la clase de hombre que te atrajo lo suficiente como para casarte conmigo. Para aquellos de nosotros así privilegiados (o afligidos), esta compulsión puede llegar ocasionalmente a tan incontrolable intensidad que entonces sentimos que estaríamos dispuestos a abandonar cualquier otro propósito y cualquier otra ventaja, con tal de gozar de la oportunidad de satisfacer nuestro deseo devorador. Afortunadamente, sin embargo, somos personas racionales y estamos conscientes, por supuesto, de que no es posible vivir absteniéndonos de expresar nuestras tendencias; pero, para todos y cada uno de nosotros, una existencia así restringida, no es vivir. Somos capaces de reprimir nuestros deseos si suponemos que su expresión puede causar infelicidad a nuestros seres queridos o hacerlos perder el respeto que nos tienen. Por desgracia, vivir así nos significa una agonía constante. No hay término más apropiado que “agonía” para significar nuestro estado de ánimo. El anhelo, la ansiedad, el deseo de vivir la profunda y serena tranquilidad de un interludio de expresión travestista provoca tan intensa perturbación mental cuando nos esforzamos por negar la urgencia de nuestro impulso, que nuestra vida se convierte un una mentira complicada y amarga que va creciendo cada vez más en complejidad y confusión. Comprendo que, debido a tu educación conservadora, hayas tenido muy poca información acerca del travestismo y que esa tan escasa información en realidad sea la opuesta a la verdad. Comprendo asimismo que tu puedas hasta cierto punto considerar una invasión de la privacía personal o una forma de divulgación de cuestiones íntimas el hecho de que tu me ayudes a transformarme en una mujer atractiva. Tal vez llegues a sentir una especie de resentimiento porque no dejas de tener consciencia de que, detrás de esos vestidos y cosméticos, sigue habiendo un varón; y no un varón cualquiera, sino aquel que tu has desposado y que no deberías ni intentar siquiera descubrir el íntimo secreto de si lo sigues atrayendo todavía y si sigues provocando su interés. ¿Por qué — te preguntas— este hombre, que es tan masculino, cuya masculinidad es lo que más me atrae de él, pretende interesarse en los detalles personales de mi arreglo y de mi guardarropa, y aprender todos los artificios, todos los trucos cosméticos de una mujer? Voy a intentar, querida, decirte por qué y también tratar de responder a otras de tus preguntas. Mi intento bien puede llegar a ser una empresa descomunal, pero confío en que me conoces lo suficiente como para poder seguir el hilo de mi exposición aunque, de cualquier manera, intentaré exponerte mis puntos de vista en un lenguaje sencillo y comprensible, así como recurrir a las frases con las que tu ahora estás familiarizada. Como tu bien sabes, cuando me permito dar rienda suelta a mis breves períodos de fantasía, tanto tu como nuestros amigos travestistas me tratan con el nombre de “Theresa”. Esto parece afectarte de alguna incierta manera que no consigo determinar y tu no puedes tampoco explicármela. Este detalle de trato te resultará perfectamente natural si tan sólo lo consideras de la siguiente manera: Nosotros únicamente simulamos convertirnos en chicas y nunca dejamos de estar conscientes de que, en realidad, somos varones; por lo tanto, no temas que lleguemos a estar inconformes con nuestra masculinidad ni que pretendamos transformarnos definitivamente en mujeres. Cuando nos acicalamos con prendas femeninas y logramos una apariencia tan aproximada como nos es posible con una muchacha de verdad, lo cierto es que simulamos ser una chica durante el breve tiempo de nuestra indulgencia, pero eso no es más que una simulación y nunca, definitivamente, la realidad. De ninguna forma tratamos de probar que padecemos de “personalidad múltiple” ni nada por el estilo. Usamos un pseudónimo femenino únicamente para describir nuestra URGENCIA travestista que motiva nuestras deliciosas (para nosotros) personificaciones; así como también para describir la imagen que intentamos conseguir. El nombre femenino sólo describe esa parte de nosotros que se involucra en nuestras tendencias transgenéricas. En cualquier otra circunstancia ajena al ámbito travestista, seguramente nos molestará que alguien ajeno nos llame por ese pseudónimo y reaccionaremos en protesta. Después de todo, tu lo sabes tan bien como nosotros, no es aceptable ni adecuado, según las normas de nuestro sistema social actual, que un varón disfrute usando vestidos bonitos, cosméticos ni que se comporte con delicadeza y amabilidad extremas; no obstante, en honor a la verdad, ¿puedes imaginarte que una persona arreglada con los más bellos ornamentos femeninos, embellecida con todos los recursos del maquillaje y de la joyería, perfectamente peinada y ataviada, pueda ser tratado como “Chuck” o “Jake”, , “Flaco” o “Zurdo”? ¿No te parecería ridículo? ¿No crees que la forma habitual es más apropiada? Nos has oído hablar a veces en términos, por ejemplo, de que “Theresa” estuvo “encerrada en el clóset” hasta que, por fin, “ella” consiguió “salir” al ganar ciertas “libertades”. Esto también parece perturbarte al grado de convencerte de que somos auténticos esquizofrénicos o hasta locos de atar porque esa forma de hablar parece contradecir nuestras aseveraciones de no padecer de “múltiple personalidad”. Permíteme que te lo explique. Lo que realmente queremos decir con eso es que nos hemos visto obligados a ocultar nuestras TENDENCIAS durante años hasta que, por fin, logramos ser, en alguna medida, comprendidos y nuestros seres más queridos (tu, en mi caso) nos autorizan a ponerlas en práctica. Esta apertura nos permite aliviar en algún grado nuestra angustia, gracias a la indulgencia de nuestras esposas, pues podemos entonces liberar nuestros deseos más secretos y gozar de una determinada libertad al no tener que ocultarlos ni reprimirlos. Puesto que tu eres una mujer de cálidos y comprensivos sentimientos, con un gran sentido común, confío sinceramente en que, a partir de ahora, estarás perfectamente tranquila con respecto a las razones por las cuales a veces soy llamado “Theresa”. Salvo en los escasos y breves períodos en que practico mis tendencias, yo sigo siendo tu Gene, como es natural y masculino. Aunque parezca extraño, pero aún cuando simulo ser “Theresa”, sigo siendo Gene. Este fenómeno te lo explicaré más adelante porque no quisiera complicar demasiado mi exposición. Tal vez tu sientes, como les sucede a algunas mujeres, que el impulso transgenérico de tu marido — esa necesidad poderosa, auténtica e imperativa de personificar y experimentar la feminidad— deriva de alguna forma de una posible o potencial falta de femineidad de tu parte o bien de que, por alguna deficiencia de tu propio ser, carezcas del suficiente atractivo personal. Mi muy querida bienamada, tal no es absolutamente de ninguna manera el caso, como lo comprenderás en un momento. Para comenzar y con la intención de esclarecerte la cuestión, permíteme decirte que mi travestismo ha estado en mí por tanto tiempo como mi memoria alcanza y que el único efecto que tu has tenido en él es el que intento describir enseguida. Es una verdadera hazaña de increíble complejidad, dolor y amargura para un hombre travestista el verse forzado a vivir año tras año en la íntima compañía, impuesta por el matrimonio, de una mujer tan hermosa como tu eres, ocultando hasta la más mínima expresión de su amargura y de su frustración. El estar el tiempo todo consciente de por las muestras y accesorios de su feminidad legalmente justificada y, al mismo tiempo atraído por ellas, constituye la forma más pura, la más dolorosa forma de tortura que jamás se haya inventado. Poder constatar la fragilidad y delicadeza con que ella se rodea imbuida de la naturalidad consecuente a saberse merecedora de tales atributos; ser testigo constante de sus ademanes refinados, de sus actitudes sofisticados y reconocer su confianza en sí misma y la serenidad de su conducta y porte en que se reflejan su encanto y su belleza; ansiar compartir esa pequeñas preocupaciones que le son prohibidas y en las que ella parece complacerse y disfrutar un placer intenso y sensual... es entonces, amada mía, cuando la desesperación y una cruel envidia se apoderan del alma de ese pobre hombre, lo mismo que de su ángel amado, hacia el cual se siente tan intensamente atraído precisamente por su perfecto dominio de las artes femeninas, y todo esto se convierte para él en el símbolo ostensible y humillante de su amarga frustración. Su úlimo recurso es racionalizar esta compleja situación con toda claridad para guardarse para sí toda su envidia, amargura y frustración, así como sus celos. ¿Cuántos hombres son capaces de semejante sacrificio? En síntesis, si tu no fueras una mujer de tan exquisita femineidad, de tan evidente belleza, encanto y gracia; si tu encantadora personalidad femenina no estuviese enriquecida por las cálidas cualidades de la cordialidad, la comprensión, el amor y la dicha o si no te comportases con el orgullo y la seguridad que tu tienes en tu propia condición femenina, entonces y sólo entonces, quizás podrías reprocharte de carecer de algún aspecto de la femineidad, la madurez o el atractivo de la mujer. Sin embargo, si tal fuese el caso, para empezar, nunca te hubiera pedido que te casaras conmigo ya que, para mí, no representarías la perfección. Por lo tanto, querida mía, ten la seguridad absoluta de que no hay mujer en el mundo que pueda motivar en mí el grado de respeto, admiración, amor y devoción que tu motivas en mí y, por la misma razón, ninguna otra mujer podría tampoco provocarme tan intensa envidia por su feminidad perfecta precisamente porque, para mí, tu representas el ideal de perfección en ese sentido. Es inevitable para nosotros, travestis, torturarnos siempre a nosotros mismos por haber cortejado o desposado a la más deliciosa muestra de cualidades femeninas perfectas que hayamos podido encontrar, como es mi caso también con respecto a tu encantadora persona, porque a quien adoramos es a quien intentamos emular. Y entonces, bienamada, cuando, después de haber encontrado a esa joya, como a mí me aconteció, descubrimos en ella la mente y el alma de una mujer amante, comprensiva y solidaria, su compañía nos abre las puertas del paraíso. Lo contrario constituye el infierno en esta tierra. Como es natural, en virtud de la perfección de la imagen que intentamos imitar por medio de nuestras personificaciones, los travestis también somos fanáticos de la perfección. No les envidiamos sus atributos físicos, ni sus glándulas o sus efectos; lo que pretendemos imitar son sus consecuencias en cuanto tienen un valor cosmético. Les envidiamos solamente su apariencia y sus características más típicas relacionadas con la capacidad de transformación estética, así como la habilidad para proyectar una imagen lo más alejada posible de lo que realmente somos. Intentamos asimismo compartir con ustedes ese relajamiento consecuente por breves lapsos de tiempo que nos permita un descanso de nuestro universo masculino gracias al ejercicio temporal de la dulzura, la suavidad, la delicadeza y el refinamiento cuya manifestación nos está vedada por nuestra condición masculina. Como es lógico, cuando emprendemos nuestras breves incursiones al mundo de fantasía femenino, somos mucho más exigentes en cuanto a la perfección que la mayor parte de las chicas auténticas, puesto que ellas ya nacieron con todos los atributos que nosotros pretendemos imitar. Cada uno de los modelos congénitamente femeninos cuenta ya con las virtudes de gracia, de configuración delicada, de formas y características refinadas y todas las características cimbreantes y adorables en su apariencia que nosotros deseamos desesperadamente poseer o, cuando menos, imitar por medio de nuestras interpretaciones; la consecuencia natural es que, cuando nos feminizamos, deseamos ser tratados por los demás, pero sobre todo por tí, como lo serían los objetos de nuestras imitaciones, es decir, recibir las atenciones correspondientes a la apariencia que asumimos. Cuando ustedes nos tratan como a las chicas que pretendemos ser en esos momentos, su trato nos afecta profundamente porque significa que se dan cuenta de la perfección que ustedes representan para nosotros y que nos están concediendo y permitiéndonos compartir en cierta medida y por algún tiempo ese tan deseado encanto que tan ávidamente respetamos y admiramos en ustedes. Deseamos representar el rol de una mujer en un mundo de mujeres, tan perfectamente como nos es posible, así como lograr una apariencia tan perfecta como podamos. Pero sería aberrante si actuáramos semejante papel y, al mismo tiempo, nos comportáramos como hombres de pelo en pecho, ¿no te parece? Si así lo hiciéramos, nos convertiríamos en un remedo sórdido y grotesco de lo peor de ambos sexos. Nos esforzamos por vivir nuestras vidas de varón de la manera más decente y honesta que podemos y, por tanto, cuando nos evadimos de ella y nos permitimos vivir unos momentos de expresión controlada de nuestra deliciosa (para nosotros) fantasía, también tratamos y con igual esfuerzo, de comportarnos como chicas decentes: recatadas, amables, con modales refinados propios de una dama. Es natural, entonces, que nos guste ser tratados en esas ocasiones como creemos habernos hecho merecedores por nuestra conducta, de la misma manera que le gustaría a cualquier chica verdadera, que se comportara con iguales rasgos de carácter, que la trataran.. Como ves, para nosotros, la personificación es un fin en sí mismo y, en verdad, constituye el propósito y la idea final de todo el proceso. No nos “vestimos” con otros propósitos ulteriores ni como un medio para lograr otros fines. No nos vestimos de mujer con la intención de atraer a otros hombres ni para “engañar” a propósito a nadie (salvo a nosotros mismos y, eso, con plena consciencia); nos “vestimos” como un reconocimiento supremo a la perfección que nosotros adoramos. Actuamos de esta inexplicable forma para compartir lo más completamente posible aquello que tanto amamos, la perfección del encanto femenino al que consagramos todo nuestro amor y todos nuestros empeños. Algo más. Hoy en día, como ha sido siempre a través de los tiempos, el mundo masculino es un mundo duro, exigente, competitivo en el que escasean las oportunidades de disfrute de la más mínima dosis de serenidad y paz. Y, por otra parte, el universo femenino nos parece en cambio un ámbito que contrasta por completo con el nuestro y ansiamos compartirlo aunque sólo sea durante unas cuantas horas para disfrutar de su serenidad, su tranquilidad y su calma, así como las satisfacciones táctiles que le son propias y, al mismo tiempo, sumergirnos totalmente en esa adorada imagen. Nuestras necesidades de refinamiento, delicadeza, suavidad y afectación en el vestido, el ambiente, el comportamiento o la compañía son imposibles de satisfacer en el universo masculino debido, por supuesto, a la necesidad de preservar nuestra reputación, dignidad e ingresos que imponen las duras normas que en la actualidad rigen todo el sistema social. No es entonces sorprendente que nosotros, los que competimos en la jungla masculina, ansiemos un escape momentáneo para apaciguar un poco nuestra insatisfecha necesidad espiritual de tranquilidad y paz, así como para permitirnos estar en contacto con todas esas hermosas cositas delicadas y tan agradables, todas esas cositas que por regla general nos están vedadas. En algunas personas esta necesidad de escapar adopta la modalidad del travestismo. Casi todos los travestis consideran que ustedes, las mujeres, gozan de la mejor parte de la vida, gracias a su habilidad para vivir ajenas a la necesidad de la competencia aguda y de todos los turbulentos e imperiosos esfuerzos, tanto físicos como mentales, que impone dicha competencia. ¡No es raro que ustedes nos sobrevivan! Todos nosotros — y me siento autorizado para hacer tan amplia generalización sin temor a ser contradicho porque yo he vivido en este universo transgenérico cada uno de los días de mi vida— , repito: todos nosotros las adoramos a ustedes, las genuinas mujeres, las amamos y las reverenciamos, las veneramos y las idolatramos, las respetamos y las envidiamos, única y exclusivamente por ser lo que son: hermosas, amables, suaves, delicadas, verdaderas damas, frágiles mujeres. Y nos sentimos tan intensamente atraídos por ustedes en calidad de amantes y de objetos de nuestra adoración que deseamos sobre todas las cosas compartir literalmente cada uno de los aspectos de su maravillosa existencia. Y ésto, que ahora te resultará evidente, es una forma mucho más profunda y mucho más preciosa de compartir, que cualquier otra que puedan asumir los llamados hombres “normales”. (Y hasta es probable que dispongamos de un más alto grado de capacidad de posesión). Por todas esa razones, nosotros intentamos parecernos a ustedes, comportarnos como ustedes, sentir como ustedes sienten y ser tratados con el mismo trato que ustedes reciben, cuando menos durante los breves momentos en que nos sumergimos en esta efímera, ansiosa vida. Mi bienamada, eso es más o menos lo que yo puedo decirte. Es la verdad y, la exposición más clara y exacta que me es posible de la exploración introspectiva de lo que mi espíritu siente. Espero que la lectura de estas líneas te permitirá conocer mejor, para bien o para mal, mi pensamiento; porque, cuando tu me acordaste tu anuencia y hasta tu asistencia con respecto a mi travestismo, te prometí que nunca más te ocultaría nada y, desde entonces, no guardo para tí ningún secreto... nunca más. Con todo mi amor, Gene. "carta de un travesti casado" (para una revista llamada travestia, tomada del libro el travestista y su esposa) Querida Virginia:
Le escribo esta carta con el corazón henchido tanto de esperanza como de miedo. Encontré un ejemplar de su revista TRANSVESTIA en un puesto de periódicos y lo compré con sentimientos confusos debido a que antes había adquirido publicaciones deplorables que sólo proporcionan satisfactores espurios para la soledad y los deseos que todo travestista siente. Temía que TRANSVESTIA fuese uno más de esos intentos comercializados. cuya única finalidad es lucrar con mis esperanzas, pero que nada me dan a cambio. Pero como parecía más genuina que las demás, decidí probar suerte. ¡Qué bueno que lo hice! Me bastó con abrir la portada para darme cuenta de que, por fin, había encontrado MI revista, una revista escrita para mi y para personas como yo. No dejaba de sorprenderme que una revista así pudiera existir. Lo que quiero decir es que, por años, pensé que yo era el único o. por lo menos, uno de los escasísimos hombres en el mundo que gustaba de vestir ropa femenina. Así que me sorprendió saber que había miles más que tenían inclinaciones semejantes a las mías. El bienestar de sentirme al fin “en casa”, rodeado de mis semejantes fue una sorpresa abrumadora después de tantos años de deambular yo solo. Supongo que usted habrá escuchado lo mismo cientos de veces antes, pero yo casi rompí en llanto al sentirme totalmente relajado al saber que no estaba solo. Y quería escribirle cuanto antes para manifestarle cuán feliz me ha hecho su revista. Debo confesarle, sin embargo, que me siento al mismo tiempo un poco temeroso al escribirle porque usted es la única persona a quien, en toda mi vida de adulto, le he confesado mi travestismo. Hubo una niñita con quien yo jugaba en mi niñez que sabía que me gustaba ponerme su ropita y jugar con ella como si yo fuera otra niña. Solíamos hacerlo con frecuencia cuando nuestros padres estaban ausentes. Pero yo he ocultado mi secreto desde entonces. El simple hecho de saber que en el mundo hay una persona con la que puedo hablar de esto significa mucho para mí y quiero agradecerle por ello. Pero tal vez usted quiera saber algo acerca de mi persona. Para empezar, tengo alrededor de 35 años y llevo unos doce años de casado, tenemos dos hijos, un chico de 10 años y una niña de 8, a quienes quiero entrañablemente. También amo a mi esposa, pero en eso estriba mi gran problema. Nunca le hablé acerca de “Linda” (el nombre de mujer que escogí para mí) antes de que nos casáramos porque, en primer lugar, creí que Linda quedaría enterrada en el pasado después de nuestro matrimonio y, en segundo término, porque sabía que mi esposa no entendería mi problema y temía perderla. Como es natural, nada en el mundo quisiera más que conseguir que la mujer que amo llegase a comprender la totalidad de mi ser y no sólo una parte. Su comprensión nos acercaría mucho más, pero esperarla sería esperar demasiado. Pues bien, nos casamos y yo traté de olvidar a Linda. Lo conseguí durante los primeros meses; pero, poco a poco, el deseo de vestir prendas femeninas se fue haciendo más y más imperativo. El hecho de mirar a mi esposa desfilar por la casa vestida con sus lindos trajes no me facilitaba las cosas. Me imagino que así sucede siempre, pero paulatinamente comencé a ponerme una de sus prendas, luego otra, aprovechando los momentos en que ella estaba ausente, hasta que, finalmente, terminé por vestir casi toda la ropa de ella que me quedaba, además de las zapatillas de tacón alto, el sostén y la faja de mi talla que había adquirido especialmente para mí y que escondía en una caja en la cochera. Pero, desgraciadamente, un día sucedió. Yo me había vestido de pies a cabeza y me había arreglado y estaba disfrutando plenamente de mi apariencia. Mi esposa había llevado a los niños a pasar el día con su abuela y, después de almorzar, tenía planeado asistir a un espectáculo con una de sus amigas. Así que yo creí disponer de todo el día para mí. Pues bien, el mundo se me vino encima como a las dos de la tarde cuando, inesperadamente, ella se me presentó. Yo estaba lavando los platos de mi almuerzo en el fregadero, con un coqueto delantalito de encaje. El ruido del agua me impidió oír la llegada de su auto y, cuando me di cuenta, ella ya estaba en la puerta de la cocina, boquiabierta por la sorpresa, ambos — créame— incapaces de decir nada. Nunca en mi vida me había sentido más avergonzado. Hasta el día de hoy no tengo ni la menor idea de lo que pude haber dicho o de qué manera intenté explicar la situación, supongo que tal vez argüí una especie de broma particular, un experimento para saber qué se sentía vestirse de mujer, caminar en tacones altos. No debe haber sido una explicación muy convincente; yo me escapé a toda velocidad y subí a cambiarme de ropa de inmediato. Ese día, no volvimos a mencionar el incidente; pero, a partir de entonces, muchas veces ha vuelto a salir y mucho hemos discutido al respecto. Ella me ha acusado de toda clase de cosas de las que no me siento culpable; me ha amenazado con la separación, con quitarme a nuestros hijos, con denunciarme con nuestros padres, y con toda clase de sanciones. Me ha destrozado la vida, pero no ha conseguido ni destruir mi amor por ella, ni tampoco mi necesidad de expresarme por medio de mis prendas femeninas. En la actualidad, la única posibilidad que tengo para manifestarme es inventar como excusa que tengo que emprender “viajes de negocios” fuera de la ciudad. Entonces, por unas cuantas horas, en el cuarto de algún motel, mis vestidos arrugados, mi lencería, mis zapatillas, etc. escapan de su escondite y me conceden un momento de respiro y de reorganización de mí mismo. Virginia, ¿porqué las mujeres pueden ser tan duras, tan poco comprensivas? Yo me considero un buen proveedor, un buen esposo, un buen padre y creo que he cumplido perfectamente con todas mis responsabilidades de hombre. Ella muchas veces me ha llamado “invertido” y me acusa de ser como Christine * y de tener la intención de cambiar mi sexo. Dice que ella se casó con un hombre y no con otra mujer. Piensa que estoy loco y que debo consultar a un psiquiatra. A propósito de psiquiatra, hace años, consulté a uno por iniciativa propia; pero me parece que él sabía menos que yo acerca del travestismo. Yo, por lo menos, he tenido acceso a las bibliotecas durante mis años de estudio en la universidad y, por supuesto, he leído cuanto texto sobre el tema ha caído en mis manos. El psiquiatra que consulté insinuó que yo tenía tendencias homosexuales latentes y ese tipo de cosas. Para mí, todo eso fue un simple despilfarro de dinero. ¡Qué demonios! Yo sé que los hombres no me interesan sexualmente; tal vez sea incapaz de probarlo ni al psiquiatra ni a nadie, pero sé muy bien lo que yo siento en mi interior. ¡Amo a las mujeres! Las amo al grado de querer ser una de ellas, de poder ingresar a su mundo. Hasta donde logro entenderlo, un homosexual no se interesa en las mujeres, ni sexualmente ni de ninguna otra forma. Tampoco pretendo ser como Christine ni cambiar de sexo quirúrgicamente. No tengo la intención de renunciar a mi masculinidad o sacrificar las satisfacciones que me proporciona mi condición de hombre. Simple y llanamente hay un lado de mi personalidad que no consigo manifestar cuando asumo mi papel de varón. Tampoco estoy loco. Me recibí, con muy altas calificaciones, en Ciencias Físicas en la Universidad Estatal. Considero que he tenido un buen desempeño en mi trabajo. Soy Director de Proyectos en una compañía aerospacial con quince subordinados a mis órdenes y creo que casi todos mis tornillos están bien apretados. Me intriga que una mujer pueda beber, fumar, apostar, maldecir, ensuciarse, hacer un trabajo de hombre si lo desea, ponerse pantalones — no sólo pantalones de mujer, sino de hombre, con bragueta y todo— , camisas, botas y todo lo demás... y nadie se sorprende; en cambio, basta que un hombre se ponga una falda o pretenda ponerse unas pantaletitas de nilón color de rosa para que desencadene un escándalo de todos los diablos. No me parece razonable ni justo. ¿Por qué las mujeres son incapaces de darnos una oportunidad equitativa? Lo único que quieren es poder hacer lo que les venga en gana y que nosotros, los hombres, nos matemos trabajando para ganar el dinero que les permita hacer su voluntad. No me malinterprete: amo a mi esposa y amo a mis hijos, de ninguna manera deseo perder a ninguno de ellos, pero — ¡demonios!— quisiera recibir un poco de amor en reciprocidad. En mi opinión, el amor no es sólo el resultado de corresponder a las ideas que el otro tiene de uno. El amor es la consideración por la pareja, el deseo de estar con ella, el aprecio que uno siente por esa otra persona, es decir, todo aquello que nos permite tolerar sus defectos gracias al reconocimiento de sus cualidades. Mi mujer tampoco es perfecta (a pesar de que ella no tome en consideración este punto) y tampoco está a la altura de mis expectativas a su respecto, pero la aprecio lo suficiente como para pasar por alto sus deficiencias. Sólo desearía sentir que ella me ama lo suficiente como para tratar de entenderme a mi TAL COMO SOY y no que trate de exigirme que sea como ella me imagina o como ella quisiera que yo fuese. Bueno, Virginia, ya me he quejado bastante. Me parece que he abusado, pero nunca antes había tenido a nadie con quien hablar de mí. Mi mayor deseo sería que Dorothy, mi mujer, consiguiera conocer y entender a Linda. Si se me concediera, valdría la pena vivir; * Christine Jorgensen, uno de los primeros transexuales reasignados quirúrgicamente, cuyo caso tuvo resonancia mundial a principios de la década de los ‘60 (N. del Ed.) 19 pero tal vez esté esperando demasiado. Es doloroso que no podamos compartir una porción de nosotros mismos y de nuestra vida precisamente con la persona que uno ha elegido para compartir nuestra vida. Esto convierte en un fraude, por lo menos hasta cierto punto, todo el compromiso matrimonial puesto que uno se compromete “para bien y para mal” y también a “amar, honrar...” y todo lo demás. ¿Qué clase de amor es ese que dice: “¡Amo ésto en ti, pero aquello no!”, cuando “aquello” resulta ser precisamente una de las partes esenciales de uno; es más, cuando justamente “aquello” es, en realidad, el principal factor que ha hecho de uno la clase de persona que, en su momento, la convenció lo suficiente como para formar una pareja. Puede ser que todo esto resulte un poco confuso, pero lo que quiero decir es que la parte de mi que yo llamo Linda es la que me hace ser amable, tierno, considerado y solícito. Ella aprecia estas cualidades y lo ha reconocido, pero se niega categóricamente a tener algo que ver con Linda. Bueno, le quedo muy agradecido por su atención; agradecido simplemente por estar ahí. Con aprecio. Linda
August 17 el travestismo
April 30 El deseo de algunos hombres de vestir las bonitas y delicadas prendas de las mujeres no es un problema exclusivo de nuestra cultura ni de nuestra épocaEl deseo de algunos hombres de vestir las bonitas y delicadas prendas de las mujeres no es un problema exclusivo de nuestra cultura ni de nuestra época. Es un fenómeno que se ha presentado desde la antigüedad hasta el presente y ha tenido adeptos en todas las culturas y formas de vida. En numerosas sociedades primitivas, el varón que decide abandonar su papel masculino para vivir su vida de una manera femenina es considerado muy favorablemente como persona sabia y de extraordinarios poderes. En Japón, los célebres actores del teatro Kabuki que se especializan en la representación de los personajes femeninos, son entrenados desde su más tierna infancia y, con frecuencia, viven como mujeres para conservar la “sensibilidad” que exige su actuación. Y los japoneses lo consideran perfectamente normal.
En cambio, en nuestras culturas occidentales, la sociedad adopta los siguientes postulados falsamente lógicos: 1) Todos los homosexuales son afeminados (en realidad sólo algunos lo son); 2) La homosexualidad es inmoral y mala, por lo tanto, 3) CUALQUIER macho que se incline por objetos femeninos es probablemente homosexual, inmoral y malo. Puesto que tanto las premisas básicas, como la conclusión son falsas, se ha hecho mucho daño a mucha gente como consecuencia de esta clase de razonamientos.
En la actualidad se consideran por lo menos cinco diferentes maneras por las que los travestirse diferencias de los homosexuales: 1) El travestismo es la expresión de una personalidad estrictamente individual, mientras que la actividad homosexual requiere de dos personas. Por lo tanto, los homosexuales tienen que revelar sus inclinaciones, mientras que los travestis no, de modo que pueden mantener secretas sus actividades.
2) En la práctica, ningún travesti aconsejará, inducirá o influirá para que otra persona adopte el travestismo. Conoce el oneroso precio a pagar y lo ha padecido lo suficiente como para deseárselo a otra persona. En cambio, la mayor parte de los homosexuales no duda en indoctrinar e iniciar a otras personas en sus prácticas. 3) La persona homosexual todo el tiempo es como es, de día y de noche, su personalidad se mantiene constante. Un travesti, en cambio, alterna sus personalidades: como varón, es masculino y se comporta como tal; pero su otra personalidad es femenina y, como tal, en gran media olvida su vida como hombre. 4) Muchos homosexuales, aunque de ninguna manera la totalidad, adquieren modales de alguna forma afeminados (incluso durante sus actividades de tipo masculino); ésto les resulta necesario puesto que ellos, en efecto, están asumiendo por completo el papel femenino. En cambio, el travesti, nunca muestra un comportamiento femenino durante sus actividades como varón. No lo necesita ni lo intenta. El travesti, de hecho, vive dos personalidades. 5) Hay que considerar también el aspecto motivacional. El travesti adopta un atuendo femenino como expresión de su personalidad interna; mientras que el homosexual de los llamados “locas” lo hace para provocar un efecto externo, o sea, para atraer a otros machos con propósitos sexuales y para reducir la culpabilidad de ambos.
Estos cinco factores de diferencia son mucho más importantes para distinguir estas dos formas de comportamiento que la similaridad única que pueda haber entre ellas, es decir, que algunos (de ninguna manera todos) homosexuales también se inclinan por la adopción del vestido femenino.
Nunca insistiremos demasiado en la importancia de distinguir claramente al homosexual el travesti, quien es un varón heterosexual cuyo objeto afectivo es la mujer. Si bien esta es una distinción básica, no siempre resulta perceptible para un observador externo. Sin embargo, las estadísticas demuestran, en el Informe Kinsey, una proporción de incidencia de conductas homosexuales relativamente menor entre los travestis que la que se manifiesta con respecto a la población general. ¿Cuáles son las causas de esta necesidad? Se sugieren varios posibilidades. Los motivos que con mayor frecuencia aparecen en la literatura médica incluyen los siguientes: a) por la conducta de los padres que, habiendo deseado tener una niña, crían como tal a su hijo varón. b) por ataviar a un chico con vestidos femeninos y bucles hasta una edad avanzada; c) por obligar a un muchacho a vestir ropa de niña como castigo d) por ausencia de una figura paterna adecuada a la cual emular, o, por último, e) porque un padre, cuya excesiva exigencia de manifestaciones de masculinidad por parte de un hijo con tendencias intelectuales, sensitivas o artísticas, empuje a éste a buscar refugio en una feminidad que lo hace sentirse más seguro.
Sin embargo, puesto que, por una parte, no todos los chicos que han vivido esas experiencias se vuelven transgenéricos ni, por otra, todos los travestis las incluyen en sus biografías, podemos inferir que hay otras y más profundas razones para el travestismo. Plantearemos brevemente algunos de estos factores diferentes.
A) La necesidad de adquirir las cualidades y experiencias de lo bello: el hombre moderno idealiza a las mujeres y las hace depositarias de todo aquello que es bueno, verdadero y deseable. Las chicas, como dicen las canciones infantiles, están hechas de miel, de especias y de todo lo que es agradable. Algunos varones sienten el deseo de tener una idea semejante de ellos mismos y que los demás los consideren de la misma manera que ellos consideran a las mujeres. Estas “ventajas” y “cualidades” no pueden ser expresadas vestidos con un atuendo masculino porque estarían fuera de lugar; pero, en cambio, con ropas femeninas resultan perfectamente naturales. Vestidos de mujer, son capaces de experimentar lo bello y de gozar de las satisfacciones que proporciona y, así, identificarse con el objeto de su amor: la mujer.
B) La necesidad de acicalarse y de expresar su personalidad: En la mayor parte de las especies, el macho es más bello que la hembra. Así sucedía también con el ser humano en la antigüedad; pero nuestra cultura contemporánea coarta severamente la expresión de este natural deseo por parte de los hombres. La ropa masculina suele ser oscura, pesada, tosca e insulsa. Es casi un uniforme, ya que hay poco margen de variación para diferenciarse de la muchedumbre por medio del color, el corte o el estilo. Así pues, algunos varones descubren que pueden satisfacer sus deseos naturales al ingresar en el universo femenino del color, las telas, el estampado y el diseño.
C) Relajamiento de las exigencias de la masculinidad: No todos los hombres están psicológica o espiritualmente capacitados o interesados en comportarse con la agresividad, prepotencia o poderío, ni a exhibir otras características semejantes o bien a manifestarlas a los niveles que la sociedad considera adecuados para el ideal masculino. Socialmente se espera que un varón haga determinadas cosas y sea de determinado modo, pero muchos hombres no quieren hacer eso ni ser así. Muchos aspectos de la personalidad masculina están forjados por la necesidad de tener éxito, de conseguir un ascenso, de cerrar un negocio, de impresionar a sus superiores, etc. Pero muchos no consiguen relajarse realmente y ser como verdaderamente quieren ser en su interior. La eventual sustitución de lo masculino por lo femenino proporciona la travesti un descanso de tales exigencias puesto que el papel de la mujer es idealmente pasivo, condescendiente, complaciente. No hay relajación comparable a la de transformarse en otra persona, particularmente si es del género opuesto. El golf, el boliche, la cacería, el bridge, etc., todas aquellas actividades que los caballeros emprenden con el propósito de relajarse, son incomparablemente inferiores al total abandono del propio ser cotidiano para convertirse en otro sumamente distinto. Esto no significa que el ser íntegro y completo del travesti sea totalmente femenino, sino más bien que es incapaz de manifestar la totalidad de su ser verdadero portando ropas masculinas debido a las exigencias y limitaciones que la sociedad impone al hombre y que, en cambio, el atavío femenino le proporciona un medio de expresión de esos aspectos reprimidos de su personalidad.
D) Alivio de las expectativas sociales: Cada uno evoluciona hasta convertirse en un cierto tipo de persona que manifiesta determinadas características. Son los demás quienes orientan nuestra formación en tales términos. Es por ello que siempre nos sentimos obligados a “estar a la altura” de la imagen desarrollada por nosotros mismos de nosotros mismos. Es igualmente cierto que, de vez en cuando, esté fenómeno se debilita y entonces desearíamos “ser” otra persona, con una diferente configuración de sus expectativas. La mayor parte de la gente es incapaz de alejarse de sí misma; el transgenérico es capaz de hacerlo por la vía de su ser femenino.
Estos cuatro factores están presentes en algún grado en todos los hombres, aunque su presencia no pueda ser demostrada. Por lo general, quienes descubren estos factores lo hacen durante su adolescencia; pero, a veces, no es sino hasta la madurez, con motivo de alguna situación carnavalesca, de una parodia de boda o de alguna otra circunstancia festiva semejante, cuando se encuentra el pretexto para acicalarse con galas femeninas. En tales casos, si la persona es de naturaleza sensitiva y sus tendencias se encuentra próximas de la superficie de su personalidad, percibirá por primera vez su naturaleza y comprobará las satisfacciones que puede esperar de tal conducta. A partir de entonces, deseará repetir la experiencia y volver a disfrutar de la satisfacción que le proporciona: se convertirá en travesti, aunque tenga que mantener secreta su tendencia debido a que también le provoca sentimientos de culpabilidad y de miedo. ¿Qué nos dice la medicina acerca de este fenómeno? Probablemente basten tres citas para ilustrar sus criterios actuales al respecto. El Dr. Alfred Eyres (en Dis. Nerv. Syst., No.21, p.50, de Enero de 1960) declara: “Una terapia efectiva, ya de por sí ardua y difícil para tratar cualquier desorden de la personalidad, en este caso [del travestismo] resulta prácticamente imposible. Lo indicado, sin duda, es un enfoque terapéutico que alivie los síntomas, las tensiones y las incomodidades, que estimule una mejor adaptación”. Resulta evidente que la comprensión es la base sobre la cual se puede sustentar la adaptación; comprensión tanto por parte del propio travesti, como por la de aquellos que lo rodean. Los Dres. Bowman y Engle (Amer. Jour. Psych., No.113, p.581, 1957) afirman: “Es generalmente aceptado que toda clase de psicoterapias son ineficaces [para tratar el travestismo]. Por lo tanto, hasta el momento no se ha reportado ningún caso de tratamiento exitoso.”
Los Dres. Walker y Fletcher, en el libro “Sex and Society” (Pelikan Books) manifiestan: “Cuando los doctores apenas son capaces de hacer tan poco por sus pacientes como nosotros, médicos, podemos hacer en el caso del travestismo, tal vez sería mejor para que invirtiéramos nuestros esfuerzos en otra dirección. En lugar de tratar a los propios pacientes, tal vez sería mejor tratar a la sociedad que hace tan difícil la vida de estas infortunadas personas”. Con estos criterios en mente, observemos la actitud de la sociedad.
Agresiva clasificación de esposas de travestisSusanna, una de las colaboradoras habituales de la revista TRANSVESTIA, escribe una provocativa columna titulada “Susanna dice”. En el No. 32 de TRANSVESTIA, ella planteó una agresiva clasificación de las esposas de travestistas, ubicándolas desde el grado de excelencia hasta el de fracaso. Aquí se reproduce parcialmente dicho artículo porque nuestra colaboradora pone énfasis en muchos puntos interesantes e importantes.
ESPOSAS DE LA “A” A LA “F”
He dudado mucho antes de decidirme a escribir acerca de las esposas de los travestis porque es casi imposible postular cualquier cosa que sea pertinente para todas ellas. En todos los campos en que están incluidos seres humanos, todo intento de generalización provoca oleadas de protestas por parte de aquellos que no se identifican con el postulado general.
Mis circunstancias me limitan a no escribir más que acerca de las esposas que conozco personalmente y de aquellas cuyas actitudes me han sido comunicadas por sus maridos durante nuestras conversaciones o por medio de nuestra correspondencia. Con el propósito de facilitar este análisis, he clasificado a las esposas en seis categorías, tomando como modelo los seis grados con los que la mayor parte de las escuelas califican el aprovechamiento de los alumnos *. Tendremos, entonces, esposas de nivel “A” (excelentes), esposas “B” (buenas), esposas "C” (regulares), esposas “D” (aceptables), esposas “E” (malas) y esposas “F” (un fracaso total, calificación reprobatoria). No hay que olvidar que esta es una clasificación considerada desde el punto de vista del travestista y, por lo tanto, sumamente parcial.
ESPOSAS “A”: Antes de entrar a la descripción de estos maravillosos especímenes de la especie humana, me parece oportuno mencionar que la Esposa “A-Plus” sería aquella que alcanzaría el éxtasis cada vez que su marido se vistiera de mujer. Ella lo llevaría personalmente de la mano al tocador y procedería a transformarlo en una dama. Su mayor felicidad la alcanzaría cuando gozara de la compañía femenina de él. Nunca se compraría nada para sí, a menos que antes hubiera adquirido algo igualmente atractivo para “ella”. Cuando, por cualquier causa él optara por no “vestirse” en alguna ocasión, ella se sentiría desolada. La Esposa “A-Plus” se considera la más feliz de las mujeres y le resulta incomprensible que otras esposas puedan llevar una vida marital satisfactoria con un marido que no sea travestista.
Tras este vuelo a las alturas de la fantasía, volvamos a la realidad y a...
ESPOSA “A”:
Es una chica que realmente toma en serio el concepto de sociedad que implica todo matrimonio. Dos personas que comparten sus vidas al máximo (excepto en los casos en los que es imposible hacerlo; p.ej.: cuando el marido es un fanático del levantamiento de pesas, del fútbol americano, de cortar leña con hacha, etc.). La Esposa “A” ama a su marido tal como es y no intenta “hacerlo cambiar” en el sentido de lo que ella preconcibe como el marido ideal. Ella lo acepta sin restricciones porque lo ama y está con él incondicionalmente. Se identifica con aquellas heroínas cinematográficas que, después de que su hombre ha cometido un crimen y va en camino de la cárcel, le dice: “Querido, estaré esperándote”, y se identifica en serio. Así es una Esposa tipo “A”. Sabe que el travestismo no es algo que pueda encenderse y apagarse a voluntad como un interruptor eléctrico. Discute la cuestión con su marido de principio a fin y está siempre dispuesta a verbalizar sus sentimientos. Disfruta de lo que el fenómeno significa en sí mismo. Está bien dispuesta a conocer a otros travestis y a sus esposas, y los ayuda a entender y superar el fenómeno...
ESPOSA “B”: * Tal es el sistema de calificaciones en la mayor parte de las escuelas anglosajonas, en particlar norteamericanas, siendo “A” la
mejor calificación y “F” la mínima y reprobatoria (N. del Tr.)
La siguiente es la Esposa tipo “B”, que es una mujer de personalidad entusiasta, de espíritu práctico, incapaz de creer que una persona no pueda superar sus problemas. Es una buena esposa de travesti, aunque no le preocupe especialmente indagar “los porqués ni los orígenes” de lo que ella considera “las peculiaridades inofensivas de su marido”. La Esposa “B” no se burlará cuando su esposo se vista de mujer, ni se opondrá a que lo haga cuando “no haya moros en la costa” (cuando estén a salvo de los vecinos y de los niños). Hará de buen grado las compras necesarias para satisfacer sus necesidades transgenéricas, aunque probablemente no aquilate cuán significativos e importantes son para él los artículos de vestuario que ella adquiere en su nombre. Ella ha llegado a comprender que “su marido es más feliz” cuando se viste de mujer, pero no concibe que prefiera pasar un fin de semana vestido de chica, en lugar de pasarlo con los hijos o en la casa de campo de su hermana. La Esposa “B” ejerce, hasta cierto punto, una función equilibradora sobre su marido. Asume que él no es lo suficientemente inteligente para balancear sus actividades familiares, evitando exagerar el ejercicio de sus preferencias genéricas cuando éstas vayan en detrimento del resto de las actividades que ella espera de su esposo. No objetará que se vista de mujer, siempre y cuando sea discreto, cumpla satisfactoriamente con sus responsabilidades de proveedor y demuestre ser un buen padre para sus hijos y un amante esposo con ella. Si cumple con estas condiciones, a ella no le preocupa en lo más mínimo cómo se vista en sus periodos travestistas. Disfrutará incluso de que se acueste con un camisón de encaje simplemente porque a él le gusta, sin inquietarse por las razones que pueda haber detrás. Si llega a conocer a otros travestis y a sus esposas, los juzgará tan sólo por su calidad de “personas agradables” con quienes uno puede departir a gusto. Comentará que a ella no le importa que él se vista de mujer y se mostrará orgullosa con los demás de que “su marido no beba ni apueste en exceso y sí, en cambio, le sea fiel”. En realidad, la Esposa tipo “B” intuye que esa “peculiaridad” constituye una garantía de fidelidad, puesto que si a él se le permite “vestirse” en casa, en ninguna otra parte se sentirá mejor y, en consecuencia, la probabilidad de que salga en busca de aventuras es prácticamente nula, sobre todo si es de la clase de travestis que acostumbre usar ropa íntima femenina debajo de su ropa masculina o que guste de tener pintadas con barniz las uñas de los pies. Es, en definitiva, una chica práctica que no pierde oportunidad para fincar sólidas bases para su hogar; de alguna manera su actitud al respecto es como la de ciertas mujeres que no se sienten totalmente seguras de su matrimonio sino hasta que tienen hijos porque piensan que cuando un esposo es también padre, en caso de cualquier malentendimiento que surja entre ellos en el curso de su vida marital, los hijos siempre constituirán en factor primordial para la reconciliación y para resolver en forma pacífica la controversia. De alguna forma considera que, al aceptar las “extravagancias” de su esposo, tiene a su favor un argumento más en caso de que el cielo conyugal llegue a cubrirse de nubarrones. Se da cuenta de que no debe intentar “curarlo”, porque sabe Dios hacia qué otras cosas puede inclinarse para remplazar su travestismo si se ve obligado a renunciar a él. En todo caso, el tener un marido travesti la hace sentir más segura. La principal diferencia entre una Esposa tipo “A” y otra tipo “B”, consiste en que esta última no comparte con la primera su interés en compartir plenamente con su esposo su vida transgenérica. No por ello dejará de ayudarlo a que se vea bien, le aconsejará, incluso lo acompañará en sus incursiones al exterior si lo considera suficientemente seguro, pero básicamente sentirá que su peculiaridad no le concierne más que a él y que su
44 participación se limita a aceptarla de la misma forma en que uno acepta las particularidades de un niño amado. La Esposa “B” siente que, hasta cierto punto, en lo que concierne a esta situación particular, ella es más madura que su marido y, por tanto, es uno de los aspectos de su vida conyugal en el que posiblemente ella sea superior a él, en virtud de no padecer de ninguna peculiaridad por su parte. Considera al travestismo como un detalle de debilidad en una personalidad que, en sus demás aspectos, es fuerte y casi perfecta; aunque, por otro lado, admita que no se trate de una debilidad desagradable ni dañina y que, por tanto, no sea difícil de sobrellevar. Además, en ocasiones puede llegar a ser una fuente de diversión para ella, como cuando le permite lavar los platos o cuando le es sumamente útil al realizar una serie de trabajos domésticos que pueden llegar a ser demasiado pesados para el ama de casa. “Querido, ya que estás lavando tus cosas, ¿no quisieras lavar las mías?”. Argucias que funcionan maravillosamente.
LA ESPOSA “C”:
Cuando un travesti está casado con una mujer de este tipo, siente que todo está bien, que podría ser peor, ¡mucho peor! Por lo general, este tipo de esposa requiere de gran cantidad de explicaciones y de una extraordinaria paciencia para aceptar la “rara conducta” de su marido, pero finalmente consecuenta con la idea, aunque no deja de desear que hubiera algún medio de eliminar esa “conducta ridícula”. Se esfuerza en adaptarse de la mejor manera si se encuentra en una reunión de travestistas e intenta de buena fe aceptarlos y que le agraden en calidad de amigos de su esposo. Admite que la mayor parte son personas agradables, pero considera una lástima que pierdan su tiempo en algo tan improductivo y carente de sentido como el reunirse vestidos de mujer, con maquillaje y pelucas. Al término de cada reunión transgenérica, desea en secreto que su marido haya tenido suficiente satisfacción en vestirse de mujer como para que le dure lo más posible y se siente en extremo defraudada si él pretende “vestirse” de nuevo al día siguiente. Lo consecuenta, pero no lo anima, respecto a sus inclinaciones; se siente ridícula cuando le compra artículos femeninos, en tallas demasiado grandes. Intenta agradar a su “hombre”, comprende (¡al fin, después de interminables discusiones!) que él es como es y que lo más probable es que siga siéndolo el resto de su vida; pero, en el fondo, no le gusta y desearía que no fuera así. Ella intenta sinceramente que esa conducta le agrade, pero algo en su interior le impide aceptar emotivamente esas inclinaciones excéntricas. Cuando esta esposa llega a descubrir la situación por vez primera, sufre un verdadero shock; piensa que su marido es “uno de esos pervertidos” de los que uno lee en los periódicos y es preciso librar una auténtica batalla cuesta arriba para convencerla que no es así. Pero, a veces, cuando él da rienda suelta a sus inquietudes y proyecta destellos de femineidad, el gusanito de la duda repta hasta los más recónditos de su mente. Sabe, no obstante, que es inútil luchar contra su “obsesión” y carga en silencio lo que considera que es “su cruz”. Se pone nerviosa cada vez que él se viste de mujer y vive con el temor de que su secreto sea descubierto y caiga sobre ella y su familia la burla y el escarnio. Tiembla al pensar que alguna de sus amigas llegue a descubrirlo y teme caer en una crisis nerviosa si “ellas” se enterasen. Como ella todo lo sufre en silencio, ya que ama al amable cónyuge y no lo regaña, él piensa ingenuamente “mi esposa acepta mi travestismo de buen grado”. Pero, ¡no es cierto, de ninguna manera! Si alguien inventara alguna píldora para “curar” el travestismo, ella sería la primera en administrársela subrepticiamente con el pretexto de darle un nuevo remedio contra la gripe recomendado por su médico. En mi opinión, la Esposa “C” es el tipo más frecuente entre las mujeres de los travestis; insisto, no obstante, en que estas categorías no son inamovibles. Una Esposa “C” bien puede convertirse en una de tipo “B” (¡sin que me refiera a su aspecto!) o incluso alcanzar el grado “A”. Casi siempre, depende del propio travesti poner los medios para lograr tal propósito. LA ESPOSA “D”: En el caso de la Esposa “D”, el travestista enfrentará dificultades. Ella sabe de sus intensos deseos y, a veces, contemporizará con ellos, pero él nunca podrá estar seguro de su reacción: algunas noches aceptará de buen grado su “compañía femenina”; pero, otras, se mostrará irritable, le lanzará miradas de desprecio que lo lastimarán hasta el fondo del alma. Se quejará del despilfarro de dinero que significan todas esas compras estúpidas como una peluca cara o un bonito abrigo de invierno, sin que considere que él esté ganando bien. Le será indiferente que el se compre un rifle de caza o un juego de palos de golf chapeados en oro....¡pero un vestido de 20 dólares, de ninguna manera! También se niega a compartir sus ejercicios transgenéricos y preferirá visitar a su madre el fin de semana para que él pueda desahogar solo sus impulsos. La Esposa “D” nunca pierde la esperanza de poder reformarlo y hace todo lo posible por interesarlo y comprometerlo en lo que considera “actividades y objetivos netamente masculinos”; llega incluso a organizar reuniones imprevistas en casa con personas no-travestistas, a sabiendas de que interferirán con la velada en que él había planeado vestirse de mujer. Si el trata de besarla cuando está “vestido”, ella lo rechazará con un “¡No te atrevas a besarme mientras estés vestido así. Me das horror. Siento como si me hubiera casado con una MUJER!” O bien comentará: “¿Tienes que vestirte así cada vez que tienes un día libre?” Otras veces se volverá francamente hostil y le dirá: “Muy bien, ya que tanto quieres ser una mujer, entonces compórtate como una. Limpia la casa este fin de semana, lava la ropa, plánchala. ¡A ver si eso te gusta!” (¡Ella piensa que con esa clase de remedios lo curará!). Tendrá la idea fija de que el travestismo no significa otra cosa que el deseo de su marido de “convertirse en mujer”; no le cabe en la cabeza que pueda tener otras características o propósitos, muy posiblemente porque su esposo no haya conseguido explicarle la situación en forma adecuada. Si la pareja tiene hijos, ella será recalcitrante en sus objeciones. “Prohibido “vestirse” en casa. Prohibido esconder todas esas cosa en el closet... ni siquiera en el desván. Imagínate si alguno de los niños lo descubre. ¿Cómo explicarles que su padre es un... un...” (sus sollozos le impiden completar la frase). En tales condiciones, nuestro travesti se abstiene y se abstiene y se abstiene... hasta que llega al borde de la explosión. En ese punto hará lo que cientos, miles probablemente, de travestís han hecho, hacen y seguirán haciendo: buscará un lugar, lejos de casa, en donde pueda vestirse de mujer ocasionalmente y en donde pueda también guardar sus vestidos y “sus cosas”. Y cuando llegue a reunirse con otros travestis casados con Esposas de tipo “A”, “B” o “C”, con una sonrisa triste se lamentará: “”¡Cuánto daría por que ella me entendiera!”. Este es un caso en el que tenemos un matrimonio que consigue irla pasando, aparentemente bien establecido visto desde el exterior, pero que, sin duda, tiene un agujero por debajo de la línea de flotación. A esta clase de parejas yo le doy un 50% de probabilidades de conseguir permanecer unidos durante toda su vida de casados.
ESPOSA “E”:
Entremos de puntillas en el hogar de una Esposa tipo “E”. En este caso, el agujero debajo de la línea de flotación es ya toda una plancha faltante en el casco y todo el mundo está achicando el agua a cubetadas para mantener la nave a flote. Ella no busca el divorcio, pero no quiere tener nada que ver con esa “horrible costumbre” y, desde luego, no levantará un dedo para ayudarlo en nada que tenga relación con su travestismo. No pierde oportunidad para recriminarle acremente la condición de sus amigos travestis, aunque no los conozca. El simula olvidar algún ejemplar de TRANSVESTIA, con la esperanza de que ella, por mera curiosidad, lea algunas páginas; pero no sucede así: se niega a “contaminarse” con esa terrible perversión. Cada vez que llegan a disgustarse, lo primero que le echará en cara será su travestismo; si llega a enfurecerse lo suficiente, aprovechará que él esté ausente en la oficina, para buscar en su armario y proceder sistemáticamente a destruir todo artículo femenino que él posea. Cualquier paquete que él traiga a casa despertará sus sospechas. Lo vigilará como un ave de presa cada vez que haga la maleta para salir en viaje de negocios para asegurarse de que no esconde nada femenino en su equipaje. En honor a la verdad, ella preferiría verlo borracho que vestido de mujer. ¡Y eso es precisamente lo que con frecuencia sucede! El se siente tan frustrado que sustituye el vestidito por la botella. Lo trágico en esa clase de matrimonios es que la hostilidad que se da entre ambos con motivo del travestismo comienza a invadir otras áreas de la vida conyugal que nada tienen que ver con las tendencias del marido. El empieza a considerarla amargada e ingrata y suele pensar: “Después de todo, yo le doy todo lo que quiere, nunca le niego dinero... entonces, ¿por qué se niega a corresponder en esta simple cuestión?”. Ella, por su parte, se dice: “Lo hace sólo por molestarme. Sabe muy bien los sensible que soy con esas cosas e insiste sólo para torturarme. Es cruel e ingrato, porque, después de todo, yo soy una buena esposa, una buena ama de casa, preparo sus comidas, lo cuido cuando se enferma... no entiendo por qué no ha de ser un poco condescendiente en ésto, que es lo único que le pido... que deje de vestirse de mujer”. La Esposa “E” siente que él la engañó, que le hizo trampas, sobre todo si ella descubre sus conductas transgenéricas después de haberse casado. No obstante, aunque lo haya sabido antes de la boda, argüirá que ella nunca supuso que “eso” llegara a convertirse en una obsesión, que se imaginó que el matrimonio, por sí mismo, eliminaría “sus caprichos”. En otros casos, los celos empeorarán el cuadro, en particular si su esposo resulta ser un travesti atractivo. Aunque ella no lo admita, si por un milagro condesciende a asistir a una fiesta de travestistas y su esposo resulta ser el centro de atención y no ella, ¡se volverá verde de envidia! Parece increíble, pero llega a suceder. La Esposa “E” da por sentado que lo que el travesti desea es cambiar de sexo y se muere de miedo ante la idea de que un buen día su esposo decida comprar un billete a Casablanca. ESPOSA “F”: Si las características de la Esposa tipo “E” se intensifican, tenemos el retrato de la Esposa “F”: un verdadero infierno para el travestista. Cuando ella lo descubre, literalmente se cuelga de las lámparas, lo cubre de injurias y abre las hostilidades de un auténtico juicio de la Inquisición contra el desdichado. No le importará decirle a sus hijos que su padre es un degenerado y difundirá la noticia entre su círculo de amistadas, condimentándola con toda clase de rituales perversos “a los cuales la obliga a presenciar”. Goza de las exclamaciones de asombro de sus amigas y se convierte oficialmente en la “víctima” de ese tal por cual, su marido. Si él sugiere el divorcio, lo amenaza con arrastrar su nombre por e l lodo en las cortes y no duda en hacerlo. He
sabido de más de un caso en el que el travestí involucrado fue literalmente echado del
pueblo debido a las revelaciones hechas por su esposa durante el juicio. Nunca ni por
ningún motivo intentará la esposa comprender el fenómeno del travestismo, ni siquiera
informarse mínimamente al respecto. Para ella es sinónimo de homosexualidad y cerrará
sus oídos por completo a cualquier intento pacificador por parte de algún amigo o incluso
de un cura o un psiquiatra: para ella, “eso” es la cosa más horrible que pueda haber en el
mundo... ¡punto final! Hace poco tuve conocimiento de un caso en el que la esposa
simplemente tomó a los niños y abandonó a su marido, pues no estaba dispuesta a tolerar
que sus “angelitos” permanecieran un minuto más bajo esa influencia nefasta. El
desafortunado travesti estaba hecho un mar de lágrimas mientras me narraba la historia.
Así, llegamos al término de este análisis, somero e incompleto, de las esposas de
travestistas. Las del tipo “A”, “B” y “C” son difíciles de encontrar; sin embargo, es muy
posible que su número sea mucho mayor de lo que suponemos porque, sin duda, hay miles
de travestistas de los que nunca sabremos nada porque viven felices “vistiéndose” en
casa en compañía de sus maravillosas mujeres tipo “A” o “B”. Es igualmente posible que
nuestro optimismo al respecto sea desmedido y que, en realidad, la mayor parte de ellos
se encuentren unidos a esposas incluidas dentro de las categorías “D”, “E” y ”F” y que por
eso creamos necesario advertir a todos aquellos que planean contraer matrimonio: “¡No lo
haga! Lo más probable es que se arrepienta”.
Abundan los casos de aceptación previa por
parte de las amiguitas, (más tarde las novias), que se convierte en franco rechazo
después de unos cuantos meses, o incluso después de años, de vida en común. Resulta
sumamente decepcionante para una persona travestista comprobar que su maravillosa
mujer tipo ”A” empieza a deslizarse cuesta abajo, a toda velocidad, a lo largo del alfabeto.
Pese a todo, yo quisiera terminar con una nota de optimismo: estoy convencida que por
medio de su auto-aceptación, el mayor conocimiento de sí mismos y la aplicación de sus
talentos femeninos, buena parte de los travestistas conseguirán empujar a sus esposas
cuesta arriba en dirección de las alturas de las Esposas “A” y “B”. informacion para entender un poquito a los travestisEs generalmente aceptado que ningún hombre es 100% masculino ni mujer alguna es 100% femenina. Siendo así, todo varón tiene cualidades femeninas que requieren expresión y cualquier mujer tiene cierta agresividad, tendencias de dominación, etc. en varias de sus actividades, pero, en su caso, le es permitido ataviarse de la manera más adecuada para realizarlas. Es así que contamos con mujeres militares, mujeres policías, conductoras de autobuses, remachadoras, mensajeras motociclistas, etc. En todos estos casos, ellas visten ropa evidentemente masculina que resulta adecuada y deseable para satisfacer tanto sus exigencias internas propias, como las impuestas por tales actividades. Sin embargo, en el caso del varón que pretenda expresar sus cualidades femeninas como su ternura, su ausencia de agresividad, su capacidad de compasión o bien su gusto por el color, el diseño y la belleza o sus talentos artísticos o domésticos, será mal visto o será objeto de burla y escarnio. Una persona así llegará a sentirse completamente inadecuada al manifestar este aspecto de su personalidad vestido con pantalones. De esta modo, así como la mujer que conduce un autobús puede armonizar sus deseos íntimos con las condicionantes impuestas por su trabajo, gracias a que viste un atuendo masculino; el varón que intenta expresar su personalidad y liberar el aspecto femenino de su ser, podrá lograr mayor armonía vistiéndose de mujer, aplicándose maquillaje y calzando zapatillas de tacón alto, etc., que usando pantalones. Es por eso que él adopta atuendos femeninos, maquillaje y bisutería para permitir que su lado femenino “viva”. Ataviado de esta manera, sus sentimientos y patrones de conducta que resultan inapropiados para una persona viril, se tornan aceptables y pueden ser expresados. El hombre tiene tanto derecho como la mujer a la emancipación y a la libre expresión. Es importante poner énfasis en que así como la mujer que conduce un autobús es perfectamente capaz de ser una buena esposa y una buena madre en cuanto termina su trabajo y vuelve a vestir su ropa femenina; el varón travestista no sacrifica ni pone en peligro su masculinidad como consecuencia de sus ocasionales conductas transgenéricas. Las esposas y los parientes que consiguen entender este hecho, descubrirán que el varón que así se comporta se convierte en un ser humano con una capacidad de comprensión mucho más amplia, profunda y sincera gracias, precisamente,a su “doble género”. de la que de otra manera podría tener. En nuestra cultura, el hombre común está muy a la defensiva con respecto a toda manifestación o sospecha de feminidad. No obstante, en todos y cada uno de ellos hay un cierto grado de feminidad. Aquellos hombres que toman consciencia de esta circunstancia, que aprenden, sin culpabilidad, a aceptar el lado más tierno de su naturaleza, ya sea por medio del travestismo o de alguna otra forma, por lo general se vuelven mejor integrados, más seguros y más íntegros como seres humanos, por el hecho de haber actuado así. Ellos dejan de estar en conflicto con una parte de sí mismos y de ser hipersensibles a las opiniones de los demás. ¿Qué son los travestis? ¿cómo podemos saber que alguien lo es? ¡La respuesta es que no es posible saberlo! Los travestistas no salen a las calles admitiendo a voz en cuello sus tendencias. Las guardan en secreto debido a su miedo al ridículo o a las acusaciones de homosexualidad. No sería posible detectar a simple vista a una persona transgenérica porque, en promedio, se trata de un hombre casado, por lo general es un padre y está bien integrado a la sociedad. Es eficiente y adecuado en el campo de sus relaciones de trabajo y, desde cualquier punto de vista, resulta ser “un buen tipo”. Sin embargo, muchos hogares se han deshecho y muchas relaciones entre el padre y los hijos han sido gravemente afectadas debido al descubrimiento o revelación de las conductas transgenéricas del marido, del hijo, del hermano, del padre o del amigo. Cuando las personas no tienen suficiente información, es imposible que sepan cuál es el fondo del problema y lo comprendan. Y cuando no lo entienden, se sienten temerosos e inseguros, y, teniendo miedo, se tornan crueles. Así es la vida. Ahora bien, la razón de ser de este libro es que el conocimiento y la comprensión puedan revertir esta cadena. Entiéndase que no se pretende difundir el travestismo, sino paliar los muchos sufrimientos infligidos por la sociedad en virtud de su reacción tan excesivamente represiva, debida simplemente a su falta de comprensión de la verdadera naturaleza de la persona transgenérica y a que la ha confundido con otros patrones de conducta. Es de desear que esta discusión amplíe el horizonte del conocimiento y de la comprensión de aquellos que la lean y que amplíe su consciencia de las complejidades del animal humano quien, como un iceberg, con frecuencia tiene una mayor existencia por debajo que porencima de la superficie. Esta consciencia nos volverá más comprensivos y tolerantes para con nuestros congéneres. Un travesti no es un homosexualEl travestismo es la expresión de una personalidad estrictamente individual, mientras que la actividad homosexual requiere de dos personas. Por lo tanto, los homosexuales tienen que revelar sus inclinaciones, mientras que los travestistas no, de modo que pueden mantener secretas sus actividades. 2) En la práctica, ningún travesti aconsejará, inducirá o influirá para que otra persona adopte el travestismo. Conoce el oneroso precio a pagar y lo ha padecido lo suficiente como para deseárselo a otra persona. En cambio, la mayor parte de los homosexuales no duda en indoctrinar e iniciar a otras personas en sus prácticas. 3) La persona homosexual todo el tiempo es como es, de día y denoche, su personalidad se mantiene constante. Un travesti, en cambio, alterna sus personalidades: como varón, es masculino y se comporta como tal; pero su otra personalidad es femenina y, como tal, en gran media olvida su vida como hombre. 4) Muchos homosexuales, aunque de ninguna manera la totalidad, adquieren modales de alguna forma afeminados (incluso durante sus actividades de tipo masculino); ésto les resulta necesario puesto que ellos, en efecto, están asumiendo por completo el papel femenino. En cambio, el travesti, nunca muestra un comportamiento femenino durante sus actividades como varón. No lo necesita ni lo intenta. El travestista, de hecho, vive dos personalidades. 5) Hay que considerar también el aspecto motivacional. El travesti adopta un atuendo femenino como expresión de su personalidad interna;mientras que elhomosexual de los llamados “locas” lo hace para provocar un efecto externo, o sea, para atraer a otros machos con propósitos sexuales y para reducir la culpabilidad de ambos. Estos cinco factores de diferencia son mucho más importantes para distinguir estas dos formas de comportamiento que la similaridad única que pueda haber entre ellas, es decir, que algunos (de ninguna manera todos) homosexuales también se inclinan por la adopción del vestido femenino. Nunca insistiremos demasiado en la importancia de distinguir claramente al homosexual del travestista, quien es un varón heterosexual cuyo objeto afectivo es la mujer. Si bien ésta es una distinción básica, no siempre resulta perceptible para un observador externo. Sin embargo, las estadísticas demuestran, en el Informe Kinsey, una 12 proporción de incidencia de conductas homosexuales relativamente menor entre los travestistas que la que se manifiesta con respecto a la población general. Mis hijos me llaman papa, me ponga falda o pantalónMis hijos me llaman papa, me ponga falda o pantalón Es joven, atractiva y travesti; tiene su pareja, dos niños y su vida es ''chidísima y normal'' Para enfrentar a la ignorancia de la sociedad, hemos sentado las bases en el amor y la información, dice Jornada Mexico-. Anxélica, foto iabajo con su hijo, es joven y atractiva, dirige una empresa de publicidad, tiene dos hijos y lleva 10 años viviendo con su pareja. Comenta que su vida en familia es "chidísima y normal"; aunque sabe que no pertenece al estándar tradicional. Anxélica es su nombre de travesti, su papel en el núcleo familiar es el de jefe de familia; Shantal, su esposa, confiesa que sus hijos, de 13 y cuatro años de edad, no han crecido con traumas porque su padre se vista como mujer. "A mis hijos les he dado las armas para contestar a los ataques con información y no con agresiones. Mi niña me llama papá me ponga falda o pantalón", afirma Anxélica. Shantal conoció a Anxélica hace más de 10 años, y cuando se dirige a ella la llama por su nombre femenino; inclusive así fue como la conoció, vestida de mujer. Los cuatro integrantes de esta familia pasean, conviven, salen al cine, comen juntos, discuten, charlan, juegan. "Somos tan comunes como cualquiera" expresa Shantal. A Donovan, de 13 años, lo prepararon desde que era niño para que no se dejara llevar por el estigma social, para que aprendiera que su padre se llama Anxélica. "Yo siempre quise que tuviera mucha información, no fue un proceso de tensión. Teniendo la información de tu lado y sabiéndola manejar puedes dársela para que absorba todo", indica Shantal. Ambos padres comentan con orgullo que cuando su hijo iba en la primaria era el defensor de las minorías. "No pretendo vivir de niña, soy feliz alternando de un género a otro. Pero mi familia sí lo sabe y los amigos... Es un filtro, algunos se fueron", confiesa Anxélica. "No necesito más aceptación que el amor de mi esposa e hijos", agrega. Los jefes de este núcleo familiar aseguran que para enfrentar a la ignorancia han sentado sus bases en el amor y la información. "Que vean el mundo en toda su amplitud". Señalan que en una ocasión un grupo de niños quiso agredir a Donovan: "Un día le dijeron 'tu papá se viste de mujer', y él les contestó con sarcasmo: 'sí, pero se ve mejor que tu mamá'''. Shantal subraya que viven felices y plenos en familia: "los hijos no se trauman cuando aprendes como padre a transmitirles cosas adecuadas y no miedos". Mamá-papá Tras ser declarado recientemente como celebración nacional, el Día de la Familia no está dirigido a todos los núcleos familiares, informaron fuentes cercanas a la dirección del Consejo de la Comunicación (organismo que es el principal impulsor de ese festejo). Revelaron que por esa razón las familias alternativas, como la de Anxélica, no son consideradas dentro de la celebración. En México, la diversidad familiar es amplia. Cifras del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática establecen que 3.9 millones de familias tienen al frente a una mujer. Otros datos demuestran que homosexuales o lesbianas viven y crían a sus hijos. Rocío es madre soltera porque así lo quiso. Aduce que, aunque es difícil, no necesita de un hombre para sentirse parte de una familia, para transmitirle valores a su hijo ni para sacarlo adelante. Subraya que aunque se ha presentado el estigma social por no tener a su lado una pareja, esto no le pesa, sino que lo difícil es que no puede brindarle el tiempo que ella quisiera a su hijo Rodrigo. Afirma que el niño no se siente mal por no tener padre. "Le he dicho que no tiene papá porque se fue y no quiso estar con nosotros, pero no por eso se va a dejar humillar. No le falta nada, tiene todo el amor y la comprensión". Rodrigo dice que su madre es su "mamá-papá". Transexualidad y lesbianismo Paola tiene 23 años, terminó la carrera de comunicación y actualmente trabaja en una empresa mediática. Aunque no es hija biológica de Roshell refiere que siempre lo ha visto como su padre, porque él se hizo cargo de ella. Roshell es hermano de su madre. Roshell no niega su transexualidad, y tampoco el amor que siente por su hija. "La oportunidad de tener una hija ha sido maravillosa, es una de las experiencias que me ha marcado para salir adelante". Considera que Paola le tiene "mucha confianza", sobre todo porque conforme iba creciendo le fue dando la información al respecto de su diversidad sexual. "Mi experiencia ha sido muy diferente a lo que viven mis compañeros, pero eso no implica que no sea gratificante. Siempre ha sido mi papá, me da mucho orgullo decirlo", declara Paola. Manifiesta que la mayor enseñanza que le ha dejado su padre es "aprender a tener agallas para hacer las cosas y aceptar la vida como es". Roshell asegura que el hecho de ser diversa no implica que no pueda transmitir "valores adecuados para formar buenas personas", además de que la vida en familia es normal. Miriam Angel es madre de una chica lesbiana, pero refiere que eso no la hace diferente y que aunque no podría ser considerada como una familia tradicional, "seguimos siendo una familia". Comenta que los padres tienen que saber quiénes son sus hijos, conocerlos. Asegura que en muchas ocasiones los integrantes de una familia socialmente aceptada "no son buenas personas". Afirma que la sociedad no tiene la obligación de entender a su hija y a su núcleo familiar, pero tampoco tiene derecho a criticarlo. "Lo exterior entra en un segundo término". Destaca que los impulsores de la estandarización de la familia "están reprobados como modelito, porque vienen en familias destrozadas, no tienen derecho a expresarse sobre la familia feliz, cuando ellos dejaron a una familia". Miriam Angel señala que sus dos hijas (una de ellas es heterosexual) y sus parejas tienen su respeto y amor por igual. April 27 Tambien es mi opinionSi eres hombre y desde hace un tiempo te has estado vistiendo con ropas femeninas, conoces el sentimiento. Esa especie de euforia, de satisfacción, de armonia interna que aparece cuando descubrimos nuestro lado femenino y estamos, al menos por ese instante, reconciliados con la totalidad de nuestro ser. También se que has visto como esa satisfacción se autodestruye y se diluye en sentimientos y emociones de miedo, disgusto, inseguridad, frustración y después de culpa.
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